El gobierno no rindió cuentas, el gobierno se rindió. Una rendición de cuentas y una rendición incondicional parecen solo tener en común una palabra. Pero tal vez la similitud sea más profunda que lo meramente semántico. Una es un acuerdo militar donde el bando derrotado se entrega por completo y reconoce al vencedor sin recibir promesas, garantías ni términos a cambio. La otra es la rendición de las cuentas públicas del año anterior, donde se proponen cambios y ajustes en el marco de un debate democrático y transparente.
Pero cuando esta rendición introduce determinados artículos que son el reconocimiento explícito del fracaso del gobierno, se parece más a una rendición en batalla que a una rendición de cuentas y balance de ejecución presupuestal. Lo del comienzo: el gobierno no rindió cuentas, el gobierno se rindió.
Se rindió al plantear en el proyecto de Rendición de Cuentas unificar los apoyos sociales en la Asignación Única para la Infancia y la Adolescencia, destinando fondos extra a la infancia. Ir por el camino de las transferencias económicas sin condiciones es la prueba del 9, como en el truco. Es el reconocimiento a texto expreso del fracaso de las políticas públicas realmente inclusivas como son empleo y educación
La propuesta unifica los cuatro instrumentos de transferencias monetarias que existen actualmente (Asignaciones Familiares del Plan de Equidad, Tarjeta Uruguay Social, Bono Crianza y Bienvenido Bebé)y crea la Asignación Única para la Infancia y la Adolescencia. Con esta medida, aspiran a lograr reducir un 25% la pobreza en niños de 0 a 3 años cuando se alcance la plena implementación.
Estos temas son de tanta sensibilidad que caer en facilismo o la demagogia sería imperdonable. Tampoco caben los prejuicios.
La batalla debe ser por la inclusión real, no por la “pobreza estadística”, como se ha dicho desde el gobierno. Las transferencias de dinero no son una solución “per se”. Otorgarle estos montos a un niño (que en definitiva no es a un niño sino a su familia) no va a mover la aguja. Porque el problema no es el niño pobre, es la familia pobre en la que está inmerso el niño. El problema es su padre sin trabajo o su madre sin educación que le permita romper ese circulo de pobreza y dependencia.
La pobreza no es solo una cuestión de ingresos económicos que se puedan maquillar con transferencias que empujen hacia arriba en una gráfica de power point a un niño. Eso no cambia la realidad, porque su futuro no se maquilla.
La pobreza no es solo ausencia de recursos económicos, es la ausencia de oportunidades y la inviabilidad de un futuro.
Medir la pobreza en todas sus formas y no solo en su dimensión monetaria no es algo sencillo. Hace más de 30 años, Tony Atkinson, una autoridad en pobreza y desigualdad, escribió que deberíamos reconocer la “diversidad de juicios que afectan todos los aspectos de medir la pobreza” cuando nos abocamos a definirla. La pobreza es multidimensional, plantearla solo como una cuestión que se arregla con transferencias es simplista y estigmatizante.
La pobreza es un problema complejo que abarca la falta de oportunidades, la exclusión social y la pérdida de poder de incidir o sentirse parte, y no solo una simple escasez de dinero o de ingresos.
Mucho se ha debatido en estos días y creo que es un debate que le hace bien a la Política, incluso entre posturas que están en las antípodas (por lo menos es menos patético que debatir de camionetas, impuestos impagos y descuentos irresistibles).
Pero partamos de una base: son transferencias sin condiciones. Decir lo contrario es “dibujarla” o bajarle el precio al debate. Hay que hacerse cargo de la postura de política pública de no pedir contraprestación o condición.
Decir que “las condicionalidades se mantienen, pero la sanción disminuye” es una falacia y es no tener la honestidad intelectual de bancar una posición.
La eliminación de las condicionalidades para el cobro de las transferencias fue una recomendación que surgió del Diálogo Social (¡qué capacidad de daño ese diálogo! ¿no?)
Lo que dice el Gobierno de que una vez “agotadas las instancias que prevea la reglamentación para obtener la vinculación o revinculación de las personas beneficiarias”, tanto en el ámbito de la educación como en el de la salud, “se suspenderá el pago del 20% de la prestación, hasta tanto se produzca la referida vinculación o revinculación”, es tirar la toalla, es ceder al asistencialismo puro y duro, es la peor de las rendiciones, porque se hipoteca el futuro de ese niño, dejará de transitar el camino que lo saque de la pobreza.
Si hasta el programa “Fome Zero” de Brasil a través del “Bolsa familia” era con claras condiciones,con una estrategia integral de seguridad alimentaria que combinaba varias acciones y políticas, pero su componente principal era la transferencia de dinero directa a las familias, quienes debían cumplir compromisos de salud y educación, como asegurar la asistencia escolar regular de los niños y mantener al día sus vacunas y controles médicos.
Pero no, acá en el Uruguay del 2026 se optó por la rendición, la de los principios, la de elegir no ir por el camino más complejo pero que alberga esperanzas. Porque ni siquiera estamos discutiendo la trazabilidad de “en qué se gastan” esas transferencias, debate inconducente y de comprobación casi imposible. El debate de si es “para el celular o vino” me parece que no es el fondo, porque hoy la tecnología permite ampliar las finalidades de esos recursos y flexibilizarlas sin caer en extremos. Y de nada sirve ponerse filosóficos si en el almacen del barrio le canjean el dinero por productos que no son a los que se debería contemplar.
Debatamos por lo alto, alejados del barro donde chapotea Fernando Pereira. Porque como decía mi abuelo “no se puede pelear en el barro con los chanchos por tres motivos: el chancho tiene más experiencia, los dos terminan embarrados y además porque el chancho lo disfruta”
El debate por la pobreza infantil no puede ser tampoco un debate monetario, sino como expresaba Nelson Mandela cuando decía que “superar la pobreza no es un gesto de caridad, es un acto de justicia. Es la protección de un derecho humano fundamental: el derecho a la dignidad y a una vida digna. Mientras persista la pobreza, no habrá verdadera libertad”










