“Por sus vices los reconoceréis”, por el Prof. Gustavo Toledo

Para los colorados, los vices nunca fueron accesorios. Ni producto del marketing electoral. Por el contrario, a la luz de nuestro rico pasado podemos sentirnos orgullosos del papel que les cupo y de los valores que encarnaron en cada circunstancia histórica. Desde el compromiso social de Luis Batlle secundando (y luego sucediendo) a Don Tomás Berreta, hasta la incuestionable lealtad institucional de Luis Hierro López acompañando a su hijo Jorge Batlle, pasando por el coraje cívico de Jorge Sapelli negándose a ser cómplice del golpe de Estado del 73 y sin olvidar el republicanismo sin fisuras de Enrique Tarigo y la integridad moral de Hugo Batalla.

Podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que más que meros acompañantes de los cabezas de lista, para lo cual cualquier figura más o menos fotogénica alcanza y sobra, los colorados optamos en todos esos casos por dirigentes con peso propio, con pergaminos bien ganados dentro y fuera de la actividad política, que prestigiaron la función pública. Lo opuesto, en suma, a la ignominia a la que el presidente Tabaré Vázquez y su fuerza política sometieron al país en el período que termina, al apostar por una figura que notoriamente no reunía (ni reúne) las condiciones intelectuales, morales y políticas que demanda el cargo de Vicepresidente de la República.

Siguiendo la tradición colorada, Ernesto Talvi eligió como compañero de fórmula, en acuerdo con los demás líderes partidarios, al profesor y abogado Robert Silva, una persona que muchos tenemos el honor de conocer, que reúne un conjunto de virtudes que constituye -en los hechos- una verdadera declaración de principios.

Se trata, pues, de un hombre joven y capacitado, proveniente de una familia trabajadora del interior del país, con una vasta trayectoria en la Educación Pública. En la que sirvió como secretario general del CODICEN que presidió el Prof. Germán Rama e integraron los recordados y respetados José Claudio Williman y Carmen Tornaría, que llevó a cabo en los años noventa la última reforma de calado de nuestra Enseñanza. Luego, gracias al voto de miles de docentes de todas las tendencias políticas y procedencias geográficas, conquistó un cargo en ese mismo Consejo, rompiendo así el monopolio que ciertos sectores sindicales detentaban hasta el momento y cuya maquinaria muchos consideraban imposible de vencer.

Si “por sus vices los reconoceréis”, la integración de Silva a la fórmula que encabeza Talvi confirma su impronta batllista, ya que, mientras otras priorizan la corrección política o son producto de componendas entre sectas partidarias, la nuestra es fruto de un acuerdo tácito, indiscutible, que prioriza el futuro de las nuevas generaciones antes que el interés personal de tal o cual dirigente, levantando como bandera la única herramienta capaz de construir ciudadanía y cambiar la realidad de los que menos tienen, liberándolos de la dádiva oficial, la miseria y la ignorancia: la educación.

En ese sentido, como en muchos otros, hoy, no hay fórmula más progresista que la colorada.

 

 

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