“”Cincuenta años”, por Diego Echeverría

Botija, aunque tengas pocos años creo que hay que decirte la verdad para que no la olvides” escribía Mario Benedetti en su poema “Hombre preso que mira a su hijo”. Y de eso se trata, que el tiempo no borre nuestro pasado, como antídoto para que no vuelva a repetirse.
50 años, medio siglo ha pasado desde la oscura noche del 27 de junio de 1973, cuando se disolvieron las Cámaras. Qué complejidad encarar este triste capítulo de nuestra historia sin caer en visiones historicistas, o en enfoques que reabran heridas y no colaboren a una definitiva reconciliación nacional.
Reflexionar para aprender de nuestro pasado implica analizar los 50 años hoy, y no solamente lo que sucedió hace 50 años. Reivindicar valores democráticos, concepciones institucionales, jerarquizar la ética republicana hoy, mandata a todos los actores políticos un compromiso ineludible con la Democracia. Esa construcción permanente y esa consolidación de una visión común nos exigen perspectiva de pasado pero sobre todo una visión y una misión a futuro.
El golpe de Estado abrió una etapa de nuestra historia marcada por la disolución del Parlamento, la privación de derechos constitucionales, avasallamiento de la prensa y de los sindicatos, intervención de la educación, prohibición de la actividad de los partidos políticos, persecución, categorización de ciudadanos, encarcelamiento, tortura, desaparición forzada de personas, y otras muchas y aberrantes acciones desde la ilegalidad y la ilegitimidad.
Sufrió el Pueblo, sufrió la cultura, sufrió la educación, sufrieron los trabajadores, sufrió la Patria.
Ese sufrimiento debe ser un faro hoy para gritar “nunca más” y para la búsqueda incansable de la verdad, de toda la verdad. Sin prejuicios ni reparos. Porque la verdad es toda, o no es.
En el 2023 uno de los mayores aportes a una mirada sensible y actualizada sobre el quiebre institucional de 1973 es la de aportar tolerancia y respeto al campo de la Política.
El enfrentamiento violento, la crispación, el ataque permanente como herramienta, erosionan la credibilidad en el sistema político. Debilitan la confianza en sus actores y por lo tanto en la Democracia, y si hay algo que debemos preservar ante todo es la misma visión del Uruguay republicano. Objetivo que también se logra condenando las dictaduras que hoy oprimen a otros Pueblos, sin miradas relativistas ni doble moral. Porque cuando las botas de gobiernos están pisoteando hoy por hoy libertades en distintos rincones del planeta, el que sea una bota izquierda o derecha es irrelevante.
El golpe de Estado, la dictadura y los duros tiempos que vivió el país deben ser un estribo para la unidad nacional y no para el uso tendencioso de la historia, o para la construcción de relatos ideologizados que quieran acarrear agua para molinos partidarios. Ese debería ser el camino que nos aleje de la división y nos acerque a la reconciliación. En esas horas aciagas hubo buenos orientales, y hubo de los otros. Pero hoy vale destacar el ejemplo de los demócratas, que de los otros se debe encargar la justicia y la memoria un Pueblo que no olvida.

¿Qué estamos haciendo hoy para que el “Nunca más” sea una realidad y no solo una reivindicación? ¿Estamos construyendo democracia o en la dinámica política no estamos aportando a su salud? Esas preguntas deben interpelarnos como demócratas, porque esa batalla permanente por la institucionalidad es vital para preservarla.
El resquebrajamiento de una Democracia emana de muchos factores, pero probablemente los más dañinos sean las crisis de legitimidad y de representatividad.
Cuando hay actores que toman el camino del desconocimiento de la autoridad legítima, cuando hay actores que cometen el pecado de sentir que a ellos no los representan las leyes que nos rigen a todos y por lo tanto pueden desoírlas, ahí comienza el camino hacia la crisis. Encender luces de alarma cuando alguien cruza estas fronteras, debe ser un mandato que emane de obligación moral y la responsabilidad ética. No importa quién, ni cómo ni dónde, es condenable le pese a quien le pese. La indiferencia y la naturalización pueden llegar a ser cómplices de una intolerancia siempre atenta, escondida y sigilosa. De quienes desde el anonimato o la barricada fogonean un odio incomprensible con radicalismos de un lado y del otro. No reconocerlo sería no tener una mirada realista y consciente de los 50 años hoy y por lo tanto eludir la responsabilidad de un mandato histórico
A medio siglo de uno de los momentos más oscuros de nuestra historia estamos frente a una oportunidad de encontrar en los mejores orientales referencias de unidad nacional, en Wilson Ferreira, en Amílcar Vasconcellos, en Zelmar Michelini, en Héctor Gutiérrez Ruiz, en el Vicealmirante Juan José Zorrilla. De encontrar y resaltar lo que nos une y no lo que nos divide. Son instancias para la reflexión y la humildad. Nunca olvidemos que la soberbia imperdonable de malos orientales, desde la guerrilla, desde ámbitos militares y desde ámbitos políticos fueron responsables de todo un proceso de deterioro institucional que llevó al país a sus peores horas.
Desde ahí está nuestro aporte a más y mejor democracia hoy: la reflexión, la tolerancia y la humildad.
Con la firme convicción de nunca más dictadura debemos construir un rumbo. Con un Pueblo que conozca su pasado, para entender su presente y poder vislumbrar un futuro.

Publicada originalmente en “El País”