“Gobierno de sindicatos”, por Ricardo Garzón

Tienen un gigantesco poder político, en un país con índices de pobreza e indigencia crecientes, y una población trabajadora en la cual centenares de miles de ciudadanos (alrededor de 700 mil) ganan menos de quince mil pesos líquidos por mes.
De jubilaciones y pensiones ni hablar. Suman también centenares de miles los pasivos que sobreviven como pueden, a costo y gasto de familiares también empobrecidos, sin perjuicio de otros tantos miles abandonados a su suerte.
El partido subyacente, gobierno-sindicatos, lo perdió el presidente Vázquez, sin medir consecuencias, el mismo día que dispuso -mal asesorado y con arrebato improcedente- la esencialidad en los servicios educativos públicos del país. Fue enfrentado e inmediatamente desoído, desobedecido y derrotado por las gremiales docentes de toda la república, y dio forzada marcha atrás.
De allí en más, el Poder Ejecutivo de esos tiempos fue perdiendo paulatinamente autoridad, sin mayores exigencias al respecto por parte de la cúpula del movimiento sindical que lo aguardó sentado, beneficiado de los errores de conducción en que incurrió en reiteración el presidente de la república. Sus grandes carencias y falencias, las del presidente y estado mayor del Pit Cnt, quedaron de manifiesto en la mamarrachada conmemorativa del primero de mayo, Día de los Trabajadores, que nos retrotrajo en tiempos previos a la declaración de la pandemia a los años 50 y 60 del siglo pasado.
Entre otras, desempolvó el movimiento sindical las desflecadas banderas que entonces esgrimió contra el imperialismo yanqui cuando la Unión Soviética aplastó Hungría, y al alarido de “yanquis go home”, y al estridente grito y muletilla: “¡obreros y estudiantes, unidos adelante!”, avanzaron con el mito de la revolución cubana sobre el siglo XXI con una educación regresiva, carenciada y de terror en todos los ámbitos de la docencia.
Vergonzosa celebración, en la cual la castigada familia uruguaya debió cambiar el asado por el tallarín.
Los obreros cada vez ganan menos; se los comen los impuestos al trabajo, directos e indirectos, y no pueden asumir el desbordado costo de vida que aflige al país.

La mayoría de la población, acogotada en gravámenes y desesperada por el despilfarro público incontenible, tiene enormes dificultades para comer y hacer frente al pago mensual de las tarifas de la luz eléctrica, agua, transporte y teléfonos. Esto nunca ocurrió en la vida nacional, ni siquiera cuando el jolgorio de blancos y colorados en los años 60, ya muerto Herrera, y con Luis Batlle en cuarteles de invierno.

Deambula sin horizonte una juventud perdida, generación desviada hacia la holgazanería en el barrio, carne apetecible para ingresar en los brazos siempre abiertos del narcotráfico. Baste señalar que la deserción estudiantil registra altos índices desde tercero de escuela. Estamos hablando y escribiendo de niños de siete años de edad.
El Presidente Vázquez, en su tiempo, se mostró vacilante y pusilánime con el movimiento sindical. Debió aceptar, por la fuerza de los hechos, el creciente poder político de los sindicatos, estimulado por el desgobierno, en donde también le caben culpas al sistema político uruguayo.
La cúpula no ha podido lograr soluciones para los trabajadores hambreados, ni tampoco se advierte haya sido apta para encaminar negociaciones que deriven en mantener fábricas abiertas.
En estos tiempos, el movimiento sindical y la oposición se le plantaron de frente al gobierno de la coalición, utilizando en provecho propio la pandemia del coronavirus para señalar culpas por el avance incontenible de la enfermedad.
Obviamente que no hay plata que alcance, tapizado el país de cáscaras de banana para que el presidente las pise.
Lacalle Pou les hace la bandera, se pone la alpargata, pero no se sube al palo podrido. Ricardo Garzón