Un viernes 7 de marzo pero de 1958 tuvo lugar el caso más importante de la historia criminal del departamento

Ese día, el exespía inglés Víctor Labrooy Johnson fue asesinado de un disparo en la cabeza en los alrededores de la Laguna del Diario; el hecho, aún sin resolver, fue tramitado en el juzgado letrado de Primer turno, la única sede judicial que tenía entonces la ciudad de Maldonado y el expediente desapareció

El 7 de marzo de 1958 cayó viernes. Como ocurría entonces y como pasa en el presente, culminada la semana laboral no pocos montevideanos partían hacia Punta del Este. El comerciante inglés Víctor Labrooy Johnson era uno de ellos. Trabajaba en Montevideo de lunes a viernes. El fin de semana se reunía con su familia en su casa de Parque del Golf. Ese viernes, el comerciante inglés de 65 años cumplió con su habitual ritual de cortar el viaje para comer algún refrigerio en el parador “El Hornero” que todavía existe. Los mozos de este conocido reducto lo notaron preocupado y no tan cordial como en anteriores ocasiones. Luego se subió en su moderno Rover para completar el viaje.
Sin embargo, nunca llegó. Fue asesinado de un disparo en los alrededores de la Laguna del Diario. Este viernes se cumplen sesenta y siete años del “crimen del espía inglés”, un caso nunca aclarado a pesar de ser el más sonado de la historia criminal de Punta del Este, más allá del hecho que el asesinato haya ocurrido en jurisdicción de Maldonado. Como suele suceder, esta historia se la estamparon a Punta del Este. Tiene más gancho.
Lo poco que se sabe de esta historia fue contado por el único testigo presencial del homicidio: el joven Pedro “Pocho” Pascual Tejera, un trabajador del taller del Diario Punta del Este que, como todos los días, regresaba caminando desde la calle Florida a su casa de la zona de Grutas de Punta Ballena.
A un lado de la carretera se encontraba el auto de Labrooy de donde un sujeto sacaba un paquete. Este sujeto mantuvo un corto diálogo con “Pocho” quien al acercarse observó cómo su ocasional interlocutor extraía un arma de fuego para dispararle a corta distancia, poco más de un metro. El balazo le rozó el cráneo y le provocó un importante sangrado. “Pocho” Pascual Tejera fue muy reservado a lo largo de su vida y prefirió no formular comentarios sobre ese tema al autor de esta nota. Esos encuentros con “Pocho” fueron en su coqueta casa del barrio Mónaco de la ciudad de Maldonado. Jamás se refirió al tema hasta su muerte, ocurrida algunos años atrás.

Un libro

En noviembre de 1958, ocho meses después del homicidio, Pedro “Pocho” Pascual Tejera publicó su libro “El crimen del inglés, La gran prueba”. De esta forma salió al cruce de las versiones que lo vincularon con el homicidio pese a que el asesino le disparó y lo golpeó en reiteradas ocasiones.

Meses después del asesinato “Pocho” Pascual contaría su verdad en el libro titulado “El crimen del inglés” que escribió con la ayuda del profesor Sebastián Barreto. El libro fue impreso en noviembre de 1958 en el taller del diario Punta del Este y fue la única respuesta de “Pocho” a las acusaciones que recibió en los días posteriores al asesinato al ser interrogado por la Policía y también a las versiones que circularon a partir de marzo de 1958, tanto en Maldonado como en otros puntos del país. Tejera fue desvinculado del caso y nada apunta a un posible vínculo con los autores de la muerte de Labrooy.
En la página 6 de “El crimen del inglés”, “Pocho” narra lo que sucedió ese día. Bajo el subtitulo de “en camino de la muerte”, escribió lo siguiente: “Salgo a la calle en dirección al correo, levanto la correspondencia y me dirijo a mi casa en Punta Ballena por el camino lleno de vegetación de los pinares. Ya el aire de mar como una avispa está aguijoneando mi apetito, pero no apuro el paso, estoy muy cansado pues he trabajado seis horas y cuarenta y cinco minutos y he caminado doce kilómetros. Llegando a la carretera Interbalnearia siento el ruido del motor de un automóvil que no me llama la atención, pues a esa hora, y en ese día, es común que transiten muchos vehículos. Lo único que pude apreciar de ese automóvil que es chico, de color oscuro y que transita a excesiva velocidad”.
Bajo el subtítulo “El hombre extraño”, el único testigo del crimen continuó su relato: “Llego a la carretera Interbalnearia y sigo caminando despacio pues el tiempo no representaba nada para mí. La carretera está en esos momentos es muy solitaria, no se ve ningún coche que se dirija a Punta del Este. Frente al kilómetro 136 veo a un coche que se dirige rumbo a Punta del Este a velocidad normal. Al pasar frente a mí puedo fijarme que la persona que conduce el automóvil me mira con mucha fijeza, yo rehúso su mirada, sigo. Su mirada queda fija en mi mente y me inquieta. No tengo mucho tiempo para pensar pues, el ruido de un coche que se dirige hacia mí, llama mi atención. Miro para atrás, es el mismo que antes pasara. Su mirada se clava en mi mente como un puñal, me siento nervioso. Sigo con la mirada su alocada y zigzagueante carrera. Me parece como si fuera a volcar, pero ya lo pierdo de vista. Pronto lo olvido; pero su mirada de loco me inquieta, la siento en mi alma: trato de calmar mis nervios leyendo el diario; lo abro y le doy una ojeada, no tiene nada interesante. Lo cierro. Mis pies estaban doloridos y mi cuerpo tembloroso como el ramaje de un árbol castigado por una suave brisa, mi paso es corto, mi respiración entrecortada.

“El coche del hombre de mirada de loco”
“Caminando me acerco hasta enfrente de algunos árboles que bordean la carretera del lado izquierdo donde veo con asombro de nuevo el coche que viera dos veces en la carretera momentos antes. Está detenido enterrado en la arena en dirección a la playa. Mi atención está fija en ese automóvil y a su conductor, observo la posición del coche, está solo, el chofer no está allí, miro con atención”.

“Un hombre, un paquete”
“De entre los árboles sale un hombre que es el conductor. Lleva un paquete voluminoso de color amarillo, al parecer de nylon con uniones de cinta emplástica y de apariencia pesada. Sobre él se ve algo confuso, al parecer una máquina fotográfica y algo parecido a un caño de unos 30 o 40 centímetros de largo; su color oscuro con partes niqueladas. El hombre se acerca al auto, deja el paquete en el suelo y trata de empujar el coche. Poco empeño hace en sacarlo, lo deja, toma el paquete y sigue detrás de mí, a pocos metros. Su paso es ligero y nervioso, su cuerpo es elegante de altura aproximada de 1.80 metros., de espaldas anchas y encorvadas. Su vestimenta es buena, usa pantalones vaqueros, saco azul de pana con cortes en los costados. Boina azul encasquetada, botas bajas color marrón, del cuello cuelga un cordón rojo de plástico”.

“Una motoneta”
“Me parece raro que abandone un auto sin pedir auxilio, hay una motoneta detenida al borde de la carretera. La motoneta es de color gris perla, de asiento grande que llama mucho la atención. El hombre se acerca a la motoneta, sube, coloca el paquete en ella y trata de hacerla arrancar, yo miro para atrás y veo que el hombre de la motoneta me hace ademanes, al parecer llamándome. Trata inútilmente de hacerla arrancar. Nuevamente me llama con un ademán, yo sigo y no miro más hacia atrás. Había caminado algunos metros cuando siento que la motoneta ha arrancado y se dirige detrás de mí, se acerca, para junto a mí, se detiene enfrente, el motor de la motoneta está en marcha”.

“A un paso de la muerte”
En este capítulo del libro, “Pocho” Pascual cuenta el diálogo que mantuvo con el asesino del espía inglés. “-¿Dónde vive usted? –En Punta Ballena. -¿Quiere que lo lleve a su casa? –A esta pregunta no le contesto por no decirle que no pues yo temblaba al verle la cara. Enseguida como entendiendo mi silencio me hace otra pregunta: ‘¿sabe usted la hora que es?’. –Tal vez las cuatro, pues no tengo reloj’. Rápidamente me contesta: ‘No, no puede ser, yo espero una persona y todavía no ha llegado’. Su voz es pausada y severa. Las palabras son cortadas por un rápido ademán en dirección al cuello, yo pienso que busca un reloj, pero no es así pues de entre sus ropas extrae una pistola automática que haciendo rápido movimiento y con una satánica sonrisa dispara sobre mí a poco más de un metro en dirección a mi cabeza. Un silbido y penetrante olor a pólvora me marea, siento que la cabeza me vibra, un agudo dolor me enloquece. Trato de disparar en dirección al bosque, corro, las piernas no me dan más y tropiezo. Detrás de mí a pocos metros viene el ‘hombre de la motoneta’ que trae apretando en sus manos la pistola que antes hiciera fuego sobre mí, pero no le salen los tiros. Sus manos temblorosas sueltan el arma que no cae, cuelga del cordón que lleva al cuello. Yo quiero cruzar el alambrado, caigo, siento un fuerte dolor en la pierna, me paro, ya no hay tiempo de correr, me siento agarrado por la espalda y golpeado”.

“Bombardeo de cachetadas”
“Las trompadas son leves (a pesar que son las primeras que he recibido) son tiradas sin maestría, a la altura de los hombros, casi con la mano abierta, sus nudillos no los siento. Me encuentro mejor a pesar de la lluvia de cachetadas. Un golpe en la mejilla me hace tambalear. Con un movimiento rápido me acerco al hombre, le agarro el cordón donde llevaba el arma, tiro, quiero romperlo, creo que de un momento a otro trató de hacer un nuevo disparo. Trato de luchar, pero no me es posible, solo un golpe puedo darle en el hombro. Sigue dándome cachetadas a la altura de los hombros hasta la cabeza. Una trompada dirigida con fuerza hacia mí, le hace perder el equilibrio y cae de bruces, cayéndosele los lentes al suelo”. Aquí el testigo recuerda que a esos mismos lentes la Policía les siguió el rastro y los confirmó como propiedad del principal sospechoso del crimen, el bailarín Max de Balzac. Esto fue desmentido por Tejera para quien fueron otros lentes.

Resto
Tejera pudo zafar del asesino y minutos después fue socorrido por un camionero que lo trasladó hasta la sala de primeros auxilios de Maldonado. En el camino volvió a cruzarse con el asesino que se trasladaba en la misma moto. Al mismo tiempo, efectivos de la Seccional Primera se constituyeron en la escena del crimen donde, a corta distancia del Rover, estaba semienterrado el cuerpo del inglés. La Policía volvió hacia Tejera y el propio comisario no anduvo en vueltas para endilgarle el crimen: “mientes, mientes muchacho zonzo. Lo que decís son todas mentiras que has tratado de arreglar, en una comedia. Lo que decís tu, mi hijo que tiene ocho años se da cuenta que son todas mentiras”. Otro funcionario de investigaciones lo invitaba a confesar la autoría del crimen. En la escena del asesinato la policía detectó que el occiso tenía en su poder sus pertenencias, dinero, reloj, anillos. No se trató de un robo que se complicó. La historia comenzaba a trascender fronteras. La bomba estalló poco después. El diario londinense Daily Mirror reveló que Labrooy integró los servicios de espionaje inglés durante la Segunda Guerra Mundial. Luego de la confrontación mundial pasó a cumplir tareas en Chile, Argentina y Uruguay. En este último país se radicó viviendo entre Montevideo y su casa en el barrio Parque del Golf.
La novedad conmovió al país y generó una vasta pesquisa policial que, al identificar la propiedad de los lentes caídos en la escena del crimen, llevó al bailarín francés Max de Balzac de 36 años y a su esposa rusa, de 27. Ambos habían llegado al país para participar en el festival de cine de Punta del Este, organizado por don Mauricio Litman. Los lentes hallados eran de la esposa de Balzac. Algunos aseguran que la rusa fue quien, disfrazada de hombre, realizó el disparo que mató al espía inglés. Hay testigos que aseguran haber visto a dos hombres junto al Rover. Sin embargo, el juez de la causa ordenó la libertad del francés y de su esposa rusa. El escritor salteño Enrique Amorín dio la coartada al asegurar que a las cinco de la tarde de ese día Balzac estaba en su casa de Montevideo.
El matrimonio abordó un barco hacia Europa y nunca regresaron. Policías uruguayos le siguieron el rastro hasta el viejo continente. Nunca más se supo de ellos. La propia rusa, al ser detenida en España confesó que conocían a Labrooy y que los lentes podrían ser de ellos.

Teoría
La hija de Labrooy aseguró en un video propiedad de la ORT de Montevideo que su padre fue asesinado en una operación antinazi que operaba desde el sur de Chile, según lo revela Carlos Orlando en su libro novelado “la muerte del espía inglés”. “Tanto Balzac como su esposa, Eugenia Hodun fueron detenidos e interrogados por la policía. Poco después marcharon de regreso a Europa. Hasta allí fue una comisión policial de Maldonado para volver a interrogarlos y traerlos de regreso al país. No hubo suerte. Ambos se perdieron en Francia. Mucho después algunas versiones indican que La Brooy fue asesinado por haber revelado, bajo la tortura de la Gestapo, la nómina de los integrantes de una célula comunista que luchaba contra la ocupación nazi. El espía inglés había llegado a territorio francés para ayudar a la resistencia francesa. Fue detenido por el conocido Klaus Barbie. Se sabe que La Brooy fue ultimado con una pistola de fabricación soviética. Una venganza. El caso sigue sin aclararse. Y el expediente no aparece”.

Expediente
El expediente del caso del asesinato del espía inglés Víctor Meynert La Brooy Johnson, ocurrido el 7 de marzo de 1958 en los alrededores de Laguna del Diario, corrió la misma suerte que el expediente judicial de Diego Armando Maradona. No aparece.
Este expediente fue caratulado como “La Brooy Johnson, y Pascual Tejera, Pedro” con el número 140, Folio 773 del año 1958. El caso, aún sin resolver, fue tramitado en el juzgado letrado de Primer turno, la única sede judicial que tenía entonces la ciudad de Maldonado. La causa fue archivada en el año 1963 y el expediente fue remitido al Archivo General de la Nación en Montevideo, entidad que forma parte del Ministerio de Educación y Cultura. En ese lugar se informó a Correo de Punta del Este que el expediente no pudo ser hallado. Nadie sabe qué pasó con él.

Max de Balzac
Es una figura enigmática relacionada con el caso del asesinato de Víctor LaBrooy Johnson. Los datos recolectados en la investigación lo pintan como un personaje peculiar, con una personalidad extravagante y un pasado lleno de contradicciones. Max de Balzac era un bailarín francés que afirmaba ser descendiente del famoso escritor Honoré de Balzac, una declaración que nunca fue verificada y que muchos consideran una invención para darse importancia. Junto a su joven esposa, Natacha Godunova (o Eugenia Hodum, según algunos registros), una mujer de origen ruso-polaco, fueron los principales sospechosos en el asesinato del ex espía británico. La pareja vivía en Uruguay en ese momento y, tras el crimen, su comportamiento y posterior desaparición alimentaron las sospechas. Los dos habían llegado para participar del festival de cine de Punta del Este realizado unas semanas antes del asesinato.
Balzac era descrito como un hombre carismático pero poco fiable. Según un artículo del diario El País de abril de 1958, basado en testimonios de allegados, era un “conversador ameno” con habilidades culinarias autoproclamadas, afirmando dominar recetas de las mejores escuelas francesas. Sin embargo, también se le retrataba como un impostor en varios aspectos: enseñaba natación sin saber nadar bien (evitando meterse al agua para no quedar en evidencia), se presentaba como profesor de esquí acuático sin conocimientos reales y usaba el membrete de “director de la Asociación Nacional de Tiro con Arco” en su papelería, una posición que probablemente era ficticia. Además, era conocido por su afición a la velocidad, conduciendo una motocicleta con casco al estilo europeo y realizando maniobras arriesgadas para llamar la atención.
Tras el asesinato de La Brooy, la policía uruguaya, liderada por el comisario Ángel Stopiello, sospechó de Balzac y Godunova. La pareja abandonó Uruguay el 5 de abril de 1958 a bordo del vapor Claude Bernard rumbo a Europa, viajando en un camarote de tercera clase. Interpol intervino y, durante una escala en las Islas Canarias, fueron detenidos e interrogados exhaustivamente por Stopiello. Sin embargo, no se encontraron pruebas concluyentes en su contra, y el testimonio del escritor uruguayo Enrique Amorim, quien afirmó que estaban los dos en su casa de Montevideo el día del crimen, los exculpó. Tras su liberación en Las Palmas, tomaron un tren desde Le Havre a París y desaparecieron por completo, sin dejar rastro en registros posteriores.
Las especulaciones sobre su implicación persisten. Algunos sugieren que Balzac, con su carácter aventurero y dudosa moral, pudo haber estado involucrado en el crimen, ya sea por motivos personales o como parte de una trama más amplia ligada al pasado de LaBrooy como espía. Otros, como el escritor Carlos Orlando en su novela “La muerte del espía inglés, cuestionan la veracidad de la coartada de Amorim” y plantean que la pareja pudo haber sido protegida o haber escapado gracias a conexiones desconocidas. Sin embargo, no hay evidencia concreta que lo confirme, y su vida antes y después del caso permanece en gran parte como un misterio.

Natacha Godunova
Era una mujer de origen ruso-polaco, descrita como joven y atractiva, casada con Max de Balzac. No hay detalles extensos sobre su vida antes o después del caso, más allá de su conexión con Balzac y el incidente.
Algunos relatos sugieren que Godunova era una figura enigmática, posiblemente influenciada o dominada por Balzac, quien tenía un historial de exageraciones y engaños. No hay evidencia sólida de su participación directa en el asesinato, pero su asociación con Balzac y su huida alimentaron teorías de conspiración, incluyendo posibles vínculos con el pasado de LaBrooy como espía.

Pedro “Pocho” Pascual Tejera
Fue un joven uruguayo de 17 años que se vio envuelto en uno de los episodios más misteriosos y dramáticos de la historia criminal de Uruguay. Aunque no fue un personaje central en términos de protagonismo histórico, su papel como testigo clave y víctima secundaria en este caso lo convirtió en una figura relevante para la investigación.
Tal como se informó al comienzo de esta nota, Pascual Tejera era un tipógrafo que trabajaba para el diario Punta del Este. La participación de Pascual Tejera en el caso está marcada por inconsistencias y contradicciones. Durante una reconstrucción del incidente realizada días después, con él ya dado de alta del hospital, se mostró nervioso y no pudo describir con precisión a su supuesto agresor. Inicialmente lo describió como un hombre “alto, delgado, rubio, de unos 40 años, con un saco azul de pana y lentes”, pero en la recreación cambió detalles: el hombre ya no era tan rubio, y luego afirmó que llevaba una boina que ocultaba su cabello. Estas fallas en su relato llevaron a que la policía y los investigadores dudaran de su credibilidad. Incluso se elaboró un identikit basado en su descripción inicial, que más tarde se vinculó circunstancialmente a Max de Balzac y su esposa Natacha Godunova (o Eugenia Hodum), sospechosos principales que fueron exculpados gracias a una coartada.
Otro momento clave ocurrió cuando se investigó a Eduardo Lucco Urzúa, un rematador chileno que estuvo en Punta del Este ese día. En una rueda de reconocimiento el 6 de mayo de 1958, Pascual Tejera señaló a Lucco como posible agresor, aunque con dudas, diciendo que lo encontraba “un tanto más grueso”. Durante la reconstrucción de este enfrentamiento, el joven sufrió un colapso emocional, lo que añadió más incertidumbre a su testimonio.
No hay evidencia de que Pascual Tejera estuviera directamente involucrado en el asesinato de La Brooy, y su rol parece haber sido el de un testigo accidental o una víctima secundaria de los eventos de ese día. Algunos especulan que pudo haber presenciado algo relacionado con el crimen o que su ataque fue un intento de silenciarlo, pero esto nunca se probó. Fuera del caso, no hay información significativa sobre su vida antes o después de 1958 en los registros históricos disponibles.
Pedro Pascual Tejera fue un joven que, por azar o destino, quedó atrapado en las circunstancias del asesinato de Victor LaBrooy Johnson, aportando un testimonio que, aunque importante, resultó confuso y no logró esclarecer el caso, que permanece sin resolver hasta hoy.

LaBrooy Johnson
El exespía inglés asesinado el 7 de marzo de 1958 nació en Inglaterra en 1893 lo que lo hacía tener 65 años al momento de su muerte. Era un exagente del servicio de inteligencia británico, específicamente del MI6, y tuvo una carrera notable durante la Segunda Guerra Mundial donde colaboró con los maquis, la resistencia francesa, contra la ocupación nazi, lo que sugiere que participó en operaciones encubiertas en Europa. Tras la guerra, se retiró de la inteligencia y emigró a Sudamérica, estableciéndose en Uruguay en una fecha no precisada, aunque también se menciona que pasó tiempo en Chile y Argentina, posiblemente relacionado con actividades comerciales o residuales de su pasado como espía.
En Uruguay, LaBrooy Johnson vivía entre Montevideo y Punta del Este. En la capital, tenía un comercio en la calle Cuareim 2179, descrito como una “oficina comercial”. En Punta del Este, poseía un chalet en el barrio Parque del Golf donde pasaba fines de semana. Era conocido y respetado en la colectividad inglesa de Uruguay, lo que indica que mantenía un perfil social discreto pero integrado.
El 7 de marzo de 1958, Victor La Brooy Johnson fue asesinado en las dunas de Pinares de Maldonado, cerca de la Laguna del Diario. Su cuerpo fue encontrado semienterrado bajo una fina capa de arena, con un disparo en la sien derecha, lo que apuntaba a una ejecución deliberada. El caso generó múltiples teorías sobre su muerte. Una hipótesis apunta a que fue un ajuste de cuentas relacionado con su pasado como espía, posiblemente por enemigos de la guerra o actividades posteriores en Sudamérica. Otra sugiere un móvil personal o un crimen pasional, aunque no hay evidencia sólida de esto.
A pesar de la intervención de Interpol y una exhaustiva investigación liderada por el comisario Ángel Stopiello, el crimen nunca se resolvió.
Victor LaBrooy Johnson permanece como una figura enigmática, un hombre cuyo pasado en el espionaje y su muerte violenta lo convirtieron en el centro de un misterio que aún intriga. Su historia ha sido ficcionalizada en obras como La muerte del espía inglés de Carlos Orlando, que mezcla hechos reales con especulación.