
POR MARCELO GALLARDO – @emepege
Hace 38 años, el Chalet “Alos”, ubicado en la Parada 9 de la Mansa, se convirtió en escenario de uno de los crímenes más impactantes de Uruguay: el triple homicidio de Roberto Swift Ros Ignace de Olano Boyle, su hija Inés Gabriela Victoria Catherine de Olano Benavides y el novio de esta, Luis Eduardo Martínez Porto. El caso, que conmocionó a la sociedad en septiembre de 1987, permanece sin resolución plena, con el principal sospechoso libre en Brasil. Pero la tragedia no terminó con los disparos: la propiedad, valorada en miles de dólares, entró en un laberinto legal de herencia yacente que culminó en una subasta y disputas judiciales, para terminar abandonada décadas después, simbolizando el olvido y la burocracia. El crimen ocurrió entre el 13 y el 14 de septiembre de 1987. Los cuerpos fueron descubiertos días después por el jardinero de lugar, David Mena y por Eugenio Calistro, cuidador de la vivienda, tendidos en dos habitaciones del chalet.
El crimen
Roberto de Olano, un abogado francés de ascendencia noble, radicado en Uruguay, fue ultimado de un disparo en la cabeza mientras dormía. Su hija Inés, de 19 años, y su novio Luis, un joven argentino de 21, recibieron múltiples balazos en el living, posiblemente tras una discusión. El arma: una pistola 6.35 mm, silenciada con una almohada. No hubo signos de robo forzado, pero desaparecieron joyas, dinero y un VW Amazon último modelo.
El sospechoso principal, Marcelo Franca Paz, brasileño de 20 años y chofer de De Olano, huyó en el auto robado hacia la frontera. Quemó el vehículo en el monte Caqueiro, cerca de Rivera-Livramento, y cruzó a Bagé, su ciudad natal, pese al cierre de fronteras. Protegido por narcotraficantes, negó los hechos en entrevistas. Brasil rechazó la extradición, amparado en su Constitución que protege a nacionales.
La investigación uruguaya, liderada por la Policía de Maldonado, no avanzó más, dejando el caso como un enigma sin culpables condenados. La complejidad se agravó por la historia familiar. Gabriela Benavides Balbín, esposa de Roberto, había fallecido en 1979 en Río Grande, Brasil, sin testamento en Uruguay. El matrimonio adquirió el Chalet Alos (padrón 3253, ex 1902, en la 1ª Sección Judicial de Maldonado) en 1975 como bien ganancial. Con las muertes de 1987 bajo posible conmuriencia (art. 1041 Código Civil), no hubo herederos directos aceptados inicialmente.
La herencia
En 1990, se declaró la herencia yacente para los bienes de Roberto, designando a Antonio Carbonaro Bertolo como curador interino en 1991, confirmado por la Sala de Apelaciones de Familia. La yacente incluía la mitad indivisa del chalet, muebles (excepto una valiosa biblioteca donada a la Administración Nacional de Educación Pública – ANEP), joyas y depósitos de rentas. ANEP aceptó la administración parcial en 1995 y fue declarada heredera universal de Roberto en 1996, recibiendo su mitad y la biblioteca para fines educativos. La otra mitad correspondió a los herederos de Gabriela e Inés: Manuela Iraida Balbín Chacón (madre y abuela) y sus descendientes, como Alberto Benavides Balbín, quienes comparecieron en 1990. Carbonaro administró por diez años, rindiendo cuentas aprobadas sin objeciones del Ministerio Público. El chalet, ocioso y en riesgo, fue subastado antes de 2007. El conflicto surgió al fijar honorarios: la jueza Dra. Alicia Álvarez Martínez los limitó al 5% del 50% del precio neto (la porción yacente). Los herederos de Carbonaro (fallecido durante el proceso) apelaron en 2007, alegando gestión del 100% y un acuerdo de 2002 con ANEP por 5% total. El Tribunal de Apelaciones, en sentencia 69/2009 del 11 de marzo, confirmó la decisión unánime. Redactada por Dra. Cristina Cantero, razonó que la curatela solo abarcaba la mitad; el acuerdo con ANEP no afectaba derechos ajenos. Condenó a los apelantes en costas por “culpable ligereza”, sugiriendo reclamos separados si beneficiaron a los Benavides.
En 2020, a 33 años del crimen, la casa se reportaba en total abandono: estructura deteriorada, vegetación invasora, un fantasma turístico en una zona de lujo. En el presente la realidad es otra: la casa se encuentra en perfectas condiciones. El Chalet Alos ahora “Sun Fish”, es testigo mudo del horror y la burocracia.
El enigma Roberto Swift Ros Ignace de Olano Boyle
Casi cuatro décadas después del triple homicidio que conmocionó a Punta del Este, la figura de Roberto Swift Ros Ignace de Olano Boyle sigue envuelta en un velo de misterio. Asesinado a los 57 años en su chalet “Alos” en septiembre de 1987, junto a su hija Inés Gabriela Victoria Catherine de Olano Benavides y el novio de esta, Luis Eduardo Martínez Porto, De Olano era un hombre de múltiples facetas: abogado francés que no ejercía, viudo tras perder a su esposa en un accidente de tránsito en Brasil en 1979, y un empresario con una red de negocios que se evaporó tras su muerte. Nacido en una familia de abolengo –su padre era un conocido diplomático argentino–, De Olano ostentaba nacionalidad francesa y residía en Punta del Este, pero su vida estaba lejos de la tranquilidad costera. Desarrollaba una intensa actividad comercial fuera de Uruguay: extracción de piedras preciosas, cafetales en Brasil, una procesadora láctea, venta de neumáticos y baterías para vehículos, y una inmobiliaria en Buenos Aires, entre otros emprendimientos. Viajaba constantemente por la región en su automóvil VW Amazon, conducido por el brasileño Marcelo Franca Paz, su chofer de confianza. Se rumorea que sus periplos llegaban hasta Ecuador, algo inusual para un hombre tan ocupado en negocios legítimos. Sin embargo, tras su asesinato, todas estas actividades se desvanecieron como humo; no quedó rastro alguno de sus empresas, lo que alimenta especulaciones sobre su verdadera naturaleza. De Olano era descrito por vecinos y conocidos como un hombre afable, de buenas costumbres y trato cordial. Pero debajo de esa fachada, emergen sombras. En noviembre de 1998, durante la Asamblea Anual de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) en Punta del Este, el legendario editor del Buenos Aires Herald, Robert Cox, se acercó a un periodista local con un mensaje intrigante: “Mi esposa necesita hablar contigo”. Se trataba de Maud Daverio de Cox, quien se presentó como prima hermana de De Olano. Su relato fue impactante: “La última vez que vi a Roberto fue el 24 de marzo de 1976, en la Embajada de Estados Unidos en Buenos Aires, el mismo día del golpe militar contra el gobierno peronista. Lo vi hablando intensamente con personal diplomático estadounidense. Me pareció que eran de la CIA”. Agregó: “Roberto siempre estaba en cosas raras”. Maud solicitó contactar a un jerarca policial de Maldonado. El entonces jefe de Policía, inspector general Máximo Costa Rocha, le explicó que la investigación apuntaba invariablemente a Marcelo Franca Paz, el chofer brasileño que huyó en el auto de De Olano tras el crimen, quemándolo en la frontera. Paz, de unos 20 años, el 13 de setiembre fue visto saliendo rápidamente del balneario y nunca fue extraditado, dejando el caso impune.
¿Era De Olano un agente de la CIA? No hay confirmación oficial, pero el rumor persiste, alimentado por su presencia en la embajada durante el golpe argentino. Otros lo vinculan al mundo narco, sugiriendo que sus viajes y negocios eran fachadas para actividades ilícitas. Tras el asesinato, la Policía uruguaya registró exhaustivamente la casa. Se dice que desagotaron el pozo negro, extrayendo bolsas de nailon con joyas, alhajas y efectos personales de valor. ¿Fueron estos bienes inventariados en la liquidación del patrimonio? También se menciona una maqueta de catedral desaparecida, que supuestamente ocultaba documentación sensible, y cheques bancarios escondidos en la propiedad. Poco después del triple crimen, un hombre con rostro idéntico a De Olano apareció frente al chalet, asegurando ser su hermano radicado en Estados Unidos. Nunca más se supo de él, sumando al enigma familiar. Tiempo más tarde, un auto con matrícula oficial dio vueltas alrededor de la manzana del chalet. Según el testimonio de un jardinero, una mujer desde el asiento trasero –con dos ametralladoras a su lado– le hizo preguntas detalladas sobre la propiedad. ¿Inteligencia extranjera? ¿Narcos reclamando algo? Estos episodios, entre verdad y mito, pintan a De Olano no solo como víctima de un crimen sin resolver, sino como un enigma viviente. Sus conexiones diplomáticas, viajes inexplicables y el vacío posterior a su muerte sugieren capas ocultas. Mientras Punta del Este evoluciona, el legado de De Olano permanece: un recordatorio de que, en las sombras del glamour, acechan secretos que el tiempo no disipa. ¿Cuánto de espía, cuánto de empresario, cuánto de ilusión? La respuesta, como Franca Paz, se esfumó en la frontera.
Uno de los testigos hoy
Son las últimas horas de la mañana de este sábado 13 de septiembre de 2025. En el frente del chalet “Sun Fish”, quien escribe esta nota toma unas imágenes de la casa que, casi cuarenta años atrás, fue escenario del triple crimen aún impune del abogado francés Roberto Swift Ros Ignace de Olano Boyle, su hija Inés Gabriela Victoria Catherine de Olano Benavides y el novio de ésta, Luis Eduardo Martínez Porto. Los tres fueron ejecutados con una pistola 6.35 milímetros entre el 13 y el 14 de setiembre de 1987.
Los cuerpos fueron hallados cuatro días después en avanzado estado de descomposición. Fueron encontrados por el jardinero David Mena Martínez y por Eugenio Calistro, hoy fallecido. La vivienda fue subastada años atrás y desde entonces ha cambiado de manos varias veces. En el momento del triple crimen se conocía como “el chalet Alos”. Treinta y ocho años después, Mena Martínez sigue trabajando de jardinero. Al costado del famoso chalet, mantuvo el siguiente diálogo con el autor de esta nota: “Yo estaba echando tierra en el chalé acá al lado de la casa y… venía el señor que cuidaba acá la casa, Calistro, señor Calistro, que ya falleció. ‘¿Y usted sabe qué?’, me dijo: ‘David’, dice, eh, ‘¿no me prestás la pala para sacar?’ Porque él tenía gatos y había moscas en la ventana. Sucede que el amigo Olano tenía muchos gatos. Entonces, le pregunto ¿qué pasó? Me dice: ‘David, si no me prestás la pala?’ ‘Sí, te presto la pala’. Y entramos. Había un portafolio tirado en el living, un pantalón vaquero y seguimos para el fondo. Yo voy para el dormitorio, él se fija en la cocina, ahí cada vez había más olor. Y toco una puerta, veo un cuerpo en la cama. Lo agarro del brazo… Era el novio de la hija. Lo agarro a Calistro, que era bastante mayor, lo saco para afuera. Cruzo para la casa de enfrente, que había una señora. Le digo: ‘Mirá, dejame llamar a la policía, que hay uno muerto ahí en lo de Olano’. ‘¿Cómo uno muerto?’ ‘Sí, hay uno muerto’. Llamé, la policía me pedía el número de cédula. Yo tenía un susto que… Ni di número de cédula. Vinieron. Entró la policía, y a de Olano todavía no se lo había encontrado. Estaba la muchacha entre la cama y la pared. Y el muchacho arriba de la cama. Y De Olano estaba en el último dormitorio. Entra la policía, cuando abrieron la otra puerta, estaba De Olano. Vino un médico forense, nos quisieron llevar al sanatorio porque decían que estaban envenenados. Porque estaban en avanzado estado de descomposición. Pero nosotros buscamos gatos. El olor de gato podrido es insoportable. Y encontramos tres cadáveres. Empezó a venir policía de todos lados, Montevideo, de todos lados”. “Roberto tenía un trato espectacular. Espectacular. Yo nunca le cuidé el jardín, pero nos veíamos, nos saludábamos. Y vino la hija, venía caminando con la mochila y una valija y el novio. Me preguntó: ‘David, ¿ viste a papá?’. ‘Sí, mirá, ayer estuve con él conversando’. ‘No sabés si estaba en la casa’. ‘No, no me di cuenta’. Y pasó lo que pasó. Estaban en avanzado estado de descomposición, de varios días. Más o menos una semana. Porque yo a él lo había visto un viernes, y fue al otro sábado que entramos”, explica David. “A Marcelo Franca Paz nunca más lo vi. Pero andaba con Roberto. Es el sospechoso. Me acuerdo que el comisario (Miguel) Gianola fue a buscarlo a Brasil y lo sacaron corriendo”, agregó. Según Mena Martínez, la casa cambió poco. “No mucho. La pintaron, arreglaron, le hicieron tejidos, muros. Tiene una casita al final, le hicieron churrasquera. Fue el peor crimen de la historia de Punta del Este. Y cada vez que pasa algo feo me acuerdo enseguida. Estuve varios días sin poder dormir con la luz apagada”, agregó. Este testimonio revive el horror de aquel triple asesinato, atribuido por la policía a Marcelo Franca Paz, un brasileño que huyó y nunca fue extraditado.











