El teorema no escrito de la política argentina: el poder y la distancia con Punta del Este

Desde expresidentes hasta figuras de relevancia, la dinámica de acercarse o alejarse del balneario uruguayo parece estar intrínsecamente ligada a los vaivenes del poder

Un caso paradigmático es el de Mauricio Macri, quien, tras su paso por la presidencia, ha retomado su vínculo con la zona, pero esta vez en un rincón más discreto: las sierras de Garzón. El otro, Carlos Menem, quien no solo mantuvo su presencia en Punta del Este, sino que se convirtió en un habitué del balneario

En la política argentina, existe una ley no escrita que parece regir los destinos vacacionales de sus dirigentes: a mayor poder, mayor distancia con Punta del Este; a menor influencia política, más cerca de las playas uruguayas. Este curioso fenómeno, que podría calificarse como un teorema sociopolítico, ha sido una constante en las últimas décadas, con contadas excepciones.
Desde expresidentes hasta figuras de relevancia, la dinámica de acercarse o alejarse del balneario uruguayo parece estar intrínsecamente ligada a los vaivenes del poder. Un caso paradigmático es el de Mauricio Macri, quien, tras su paso por la presidencia, ha retomado su vínculo con la zona, pero esta vez en un rincón más discreto: las sierras de Garzón.

El teorema en acción: un patrón recurrente
El balneario con su glamour y su estatus de destino predilecto de la élite sudamericana, ha sido históricamente un lugar de descanso para políticos argentinos en momentos de menor exposición pública. Sin embargo, cuando el poder toca sus puertas, las arenas uruguayas parecen desvanecerse de sus agendas. Este fenómeno no es casualidad, sino que responde a una lógica implícita: la necesidad de proyectar austeridad, cercanía con el pueblo y compromiso con el país durante el ejercicio del poder.
Uno de los ejemplos más claros es el de Daniel Scioli. Durante su época como deportista y empresario, Scioli era un habitué de Punta del Este, donde poseía un apartamento en la avenida Gorlero. También se lo podía ver por las aguas de las bahía de Maldonado en alguna lancha o barco. Sin embargo, al ingresar a la política y escalar posiciones de poder, primero como diputado y luego como gobernador de la provincia de Buenos Aires, su presencia en el balneario se desvaneció. La península dejó de ser su refugio, y el foco se trasladó a los compromisos políticos en Argentina.
Otro caso emblemático es el de Fernando de la Rúa. Durante las décadas de los setenta, ochenta y noventa, el expresidente era un visitante frecuente de Punta del Este, disfrutando de sus veranos en la costa uruguaya. Sin embargo, al asumir la presidencia en 1999, De la Rúa tomó una decisión contundente: ordenó a sus ministros que evitaran ser vistos en el balneario, en un intento de transmitir una imagen de sobriedad y compromiso con la crisis que atravesaba el país. Solo un miembro de su gabinete, el canciller Adalberto Rodríguez Giavarini, desoyó esta directiva, manteniendo su presencia en Punta del Este. Curiosamente, la historia dio un giro irónico: el mismo día que De la Rúa renunció a la presidencia, en diciembre de 2001, se pudo ver a su esposa, hijos y nietos disfrutando de las playas uruguayas, como si el teorema se cumpliera incluso en el ocaso de su poder.

Mauricio Macri y el regreso a Garzón
El caso de Mauricio Macri ilustra este teorema con precisión quirúrgica. Durante toda su vida, el expresidente fue un asiduo veraneante de Maldonado, particularmente en Manantiales, donde disfrutaba del exclusivo complejo Terrazas de Manantiales, diseñado por el reconocido arquitecto Justo Solsona. Sin embargo, al asumir la presidencia en 2015, Macri optó por cambiar el rumbo de sus vacaciones, eligiendo destinos en el sur argentino, como Villa La Angostura o San Martín de los Andes. Esta decisión no solo respondía a la lógica del teorema, sino también a la necesidad de proyectar una imagen de líder conectado con su país, en un contexto de sensibilidad económica y social. Con el fin de su mandato en 2019 y su progresivo alejamiento del epicentro del poder político, Macri ha vuelto a mirar hacia aquí, pero esta vez con un enfoque diferente. Junto a su esposa, Juliana Awada, el expresidente ha decidido instalarse en un lugar más reservado: las sierras de Garzón.
En un terreno de 33 hectáreas, identificado como el padrón rural Nº 26864, la pareja ha solicitado permiso para construir una vivienda de 210,81 m², según consta en el expediente 2023-88-01-19833, aprobado por la Directora de Control Edilicio, Arq. Mónica Facio, el 11 de marzo de 2024.La resolución, incluida en el acta 00510/2024, autoriza la construcción tras constatar que el proyecto se ajusta a la ordenanza vigente. Además, corrige un error previo en la resolución Nº 11522/2023, donde se había registrado incorrectamente el nombre de los propietarios. Este nuevo refugio en Garzón, lejos del bullicio de la península o Manantiales, refleja una búsqueda de privacidad y tranquilidad, acorde con el perfil de un político que, tras haber ocupado el máximo cargo del país, retorna a un destino que lo acogió en tiempos de menor exposición.

La excepción: Carlos Menem
Si bien el teorema parece cumplirse en la mayoría de los casos, hay una excepción notable: Carlos Saúl Menem. El expresidente, conocido por su estilo de vida ostentoso, rompió con esta lógica no escrita. Durante sus dos mandatos (1989-1999), Menem no solo mantuvo su presencia en Punta del Este, sino que se convirtió en un habitué del balneario, desafiando las convenciones de la política argentina. Su figura, siempre asociada al lujo y la extravagancia, convirtió a Punta del Este en un escenario habitual de sus veranos, incluso en el apogeo de su poder. Esta excepción, sin embargo, no hace más que confirmar la regla, ya que Menem representó un estilo político único, alejado de las normas tradicionales.

Un reflejo de la política y la sociedad
El teorema no escrito de Punta del Este no es solo una curiosidad sociopolítica, sino también un reflejo de las dinámicas de poder y percepción pública en Argentina. Los políticos, conscientes de la sensibilidad de la opinión pública, saben que las imágenes de lujo y relajación en un destino como Punta del Este pueden ser interpretadas como una desconexión con las necesidades del pueblo. Por eso, en momentos de poder, prefieren destinos más austeros o patrióticos, como el sur argentino. Sin embargo, cuando el poder se desvanece, el atractivo de las playas uruguayas regresa, ya sea por nostalgia, descanso o simplemente por la libertad de disfrutar sin el escrutinio constante. El caso de Mauricio Macri en Garzón es, en este sentido, paradigmático. Su elección de un lugar apartado, lejos del glamour de la península, sugiere una evolución en su relación con Punta del Este: ya no busca el brillo de Manantiales, sino la calma de un retiro rural. Este movimiento no solo confirma el teorema, sino que también añade un matiz contemporáneo: el deseo de los exmandatarios de encontrar un espacio propio, lejos de los flashes y las críticas.
La relación de los políticos argentinos con Punta del Este es más que una cuestión de gustos vacacionales; es un indicador de su posición en el tablero del poder. Mientras el teorema siga vigente, las playas uruguayas continuarán siendo un termómetro de la influencia política, marcando la distancia —literal y figurada— entre los dirigentes y el epicentro del poder en Argentina.