“Las democracias deben volver a privilegiar el comercio entre ellas”, por Pedro Isern*

Sabemos con precisión que el comercio genera prosperidad al menos desde la publicación del libro de Adam Smith, “La riqueza de las naciones”, en 1776. Una mayor prosperidad posibilita que las personas y las sociedades sean más autónomas para decidir cómo utilizar su tiempo y recursos. Así, cuando por ejemplo una persona compra un teléfono celular Samsung, comercia en última instancia con una empresa (es decir, con un conjunto de personas o accionistas) que prosperan en Corea. Con esa riqueza que se genera en Corea, estos accionistas interactúan con cientos de miles de personas que, directa o indirectamente, forman el ecosistema de esa empresa. Estos cientos de miles de personas son parte de un país de millones que eligen libremente cómo gastar e invertir su dinero y su tiempo.
En cambio, si en lugar de un teléfono de Samsung una persona en Brasil comprara por ejemplo un teléfono de Huawei, podría eventualmente ahorrarse unos dólares pero, al mismo tiempo, contribuiría a la prosperidad de unas pocas familias ligadas, directa e indirectamente, al Partido Comunista Chino (PCC). Al ser más prósperos, estos accionistas (es decir, el PCC) también devendrán más autónomos y poderosos para decidir cómo gastar e invertir su dinero. Así, vemos como una misma acción (comprar teléfonos similares, con tecnología similar, a precios parecidos) tiene consecuencias muy distintas si esa decisión comercial se hace con una empresa basada en una democracia donde se respeta el estado de derecho o si esa compra (ese comercio) se hace con una empresa cuyo principal accionista es no solo una dictadura, sino una dictadura poderosa, crecientemente próspera y, consecuentemente, cada día más arbitraria y agresiva.
Este simple ejemplo es la historia de nuestro tiempo. En los últimos 20 años las ricas democracias occidentales han comerciado con dictaduras de una manera inédita y, al hacerlo, han creído que comprar un bien A en, por ejemplo, 100 dólares a una empresa controlada por un régimen represivo en lugar de comprar ese bien en 115 dólares a una empresa enmarcada en un país donde se respeta el estado de derecho representaba un ahorro monetario de 15. No hemos podido (o no hemos querido) cuantificar el costo institucional y moral de ese ahorro. En el último año hemos comenzado a sospechar que el costo moral (es decir, su impacto en la fortaleza de nuestros derechos individuales) es mayor a “15”. Más aún, comenzamos a intuir que será mucho mayor a “15”. Es un poco tarde, pero es un reconocimiento saludable.

Mientras el “comercio clásico” de bienes y servicios entre las democracias y las dictaduras generó esta delicada e irresponsable relación entre “prosperidad y autoritarismo”, el “nuevo comercio”, que involucra las últimas tecnologías y la inteligencia artificial, ha dejado de ser solo un problema para pasar a convertirse en una amenaza para las sociedades abiertas.

Como en el mencionado ejemplo de los celulares, la compra de bienes producidos por empresas controladas por regímenes represivos no solo supone mayor prosperidad para ellas sino, ahora, supone la apropiación de información personal sensible que, en manos de una dictadura, será más temprano que tarde usada contra las personas, empresas y, llegado el momento, contra la propia salud democrática. Es que comerciar tecnología de última generación con dictaduras es un pasaporte tácito a la violación de derechos de propiedad y de derechos individuales.
Una primera conclusión es tan evidente como acuciante: las sociedades abiertas deben buscar prosperar comerciando con otras sociedades abiertas. Más aún, las democracias medianas y pequeñas tienen incluso una mayor necesidad de comerciar con otras democracias grandes (como por ejemplo los EEUU, la Unión Europea y Japón), medianas (como Canadá, Australia o Taiwán) o pequeñas (como los países nórdicos y Nueva Zelanda). Particularmente el intercambio de bienes y servicios tecnológicos entre países abiertos y pequeños-medianos como Uruguay, Taiwán, Lituania (un miembro de la UE), Finlandia, Noruega y Nueva Zelanda contribuiría a la prosperidad de las sociedades y al fortalecimiento de los derechos individuales de las personas en los países involucrados.
El comercio entre democracias es un juego de suma positiva. Hoy no solo sabemos que el comercio clásico entre democracias y dictaduras ha sido un juego de suma cero, sino que el “nuevo comercio”, que involucra tecnología e inteligencia artificial entre democracias y dictaduras, es un peligroso juego de suma negativa, particularmente para las democracias medianas y pequeñas.

*Director ejecutivo de CESCOS

DEJA UNA RESPUESTA

Escriba su comentario
Ingrese su nombre