La necesidad de bajar la pelota
La cotidianidad de la actividad política y periodística en nuestro país recorre caminos de crispación con una frecuencia inusitada. Todo parece convertirse en polémica. Cualquier frase desata una discusión, cualquier opinión provoca una reacción y cualquier episodio termina enfrentando a unos contra otros. Tal vez sea hora de bajar la pelota.
La proliferación de programas periodísticos, los nuevos formatos de comunicación y, fundamentalmente, las redes sociales han cambiado radicalmente las reglas de juego.
Antes, la audiencia de un programa estaba limitada por su alcance, su horario, el interés que despertaba su conductor o la relevancia de sus entrevistados. Había una cierta territorialidad de la información. Lo que se decía en una pequeña radio del interior difícilmente trascendía los límites de su localidad. Una entrevista tenía un público determinado, un contexto y una intención que generalmente eran compartidos por quienes la escuchaban.
Hoy todo se sabe. Como instaló hace años el incisivo Ignacio Álvarez desde sus programas, aquello que parecía destinado a una audiencia limitada puede terminar siendo conocido por todo el país. Una frase mal dicha en la radio más pequeña de algún rincón del Uruguay puede convertirse, minutos después, en tema de discusión nacional.
Se rompieron los límites territoriales, los contextos originales y hasta las condiciones en que se recibía lo dicho. Ahora las palabras del entrevistado y las preguntas del periodista son examinadas por públicos completamente diferentes, que no necesariamente conocen el contexto, la conversación completa ni las circunstancias en que fueron pronunciadas.
Y como casi todo tiene una camarita, a las palabras se suma el análisis de los gestos, las miradas, las sonrisas y hasta los silencios.
Es un mundo casi nuevo para unos y otros. Un cambio de reglas al que debemos adaptarnos y que no resulta sencillo, especialmente para quienes venimos de aquellos tiempos en que uno podía ir a una entrevista radial de chancletas porque nadie lo veía, o hablar en un canal pequeño del interior sabiendo que sus repercusiones difícilmente superarían los límites de aquella comunidad.
Hoy todo se sabe. Y cuando todo se sabe, las repercusiones cambian. Un senador, filosofando sin demasiada profundidad técnica ni mayores ambiciones sobre la organización territorial del país, ve transformada una reflexión circunstancial en una propuesta de modificación de la distribución política de los departamentos.
Lo que probablemente nació como una conversación termina convertido en una polémica nacional, seguramente no buscada por su protagonista. Aparecen respuestas, algunas fundadas y otras cargadas de crispación, de quienes interpretan aquellas palabras como un ataque a sus identidades departamentales.
Se responde, se levanta el tono, se atribuyen intenciones, se buscan enemigos. Y así seguimos.
En otro episodio, el líder de un partido político casi recién nacido, mi amigo Eduardo Lust, es interrogado sobre situaciones personales que, tratándose de una figura pública, no necesariamente pertenecen exclusivamente a su intimidad.
La entrevista, a mi juicio oportuna y esclarecedora, y bien contestada por el entrevistado, termina convertida en una batalla sobre los límites del periodismo, la privacidad, las intenciones del entrevistador y hasta con el presidente de la República metido, para variar, donde nunca debió entrar. La discusión alcanza niveles de crispación propios de algunos programas de chimentos de la vecina orilla. Y aparecen las hinchadas de siempre.
Los que defienden o condenan según quién pregunta, quién responde o a qué partido pertenece cada uno. Poco importa analizar el episodio en sí mismo. La posición ya estaba tomada antes de escuchar una sola palabra. Todo se reduce a estar con alguien o contra alguien. Nada es lo que es, sino de dónde viene y quién lo dice.
El razonamiento se aleja. La verdad descansa.
Otro senador, en este nuevo mundo de exposición permanente, se anima a hablar de su propia realidad económica. De la suya, no de la de nadie más.
Contesta una pregunta sobre cuánto gana y cómo vive con sus ingresos. Expone su situación personal, sin pretender convertirla en ejemplo de nada ni emitir juicio alguno sobre quienes ganan menos.
Sin embargo, el país entero parece decidido a interpretar sus palabras como una ofensa hacia quienes tienen dificultades económicas.
Se le atribuyen intenciones que no expresó, se lo acusa de desconocer realidades sobre las que no estaba opinando y se transforma una respuesta individual en una declaración general sobre la sociedad. Nadie parece detenerse en lo más elemental: estaba hablando de él. De su propia realidad. Contestando lo que le preguntaron, no lo que otros quisieron entender.
Lo que no formaba parte de la entrevista se convirtió en el centro de la discusión. Y lo que efectivamente dijo terminó siendo un disparate, no necesariamente por su contenido, sino simplemente porque lo dijo. Podemos discrepar con sus palabras, con su oportunidad o con su manera de expresarse. Pero eso no nos habilita a sustituir lo que alguien dijo por aquello que nos conviene que haya dicho. Y este es, quizás, el problema de fondo.
Estamos perdiendo la capacidad de escuchar sin necesidad de reaccionar, de discrepar sin necesidad de atacar y de analizar sin necesidad de tomar partido.
Aquel Uruguay moderado y centrado, que durante tantos años nos gustó reconocer como una característica de nuestra convivencia, parece estar desapareciendo.
No porque antes no existieran las diferencias, las discusiones fuertes o los enfrentamientos políticos. Existían, y muchos. Pero había cierta conciencia de que no toda discrepancia era una guerra, ni toda palabra desafortunada merecía una condena pública.
Hoy la velocidad le gana a la reflexión. La reacción sustituye al razonamiento. La pertenencia política condiciona la interpretación y el escándalo tiene más valor que la explicación.
La multiplicación de la información no necesariamente nos ha hecho más informados. A veces ha conseguido exactamente lo contrario.
Tenemos más medios, más voces, más cámaras, más opiniones y más posibilidades de acceder a lo que ocurre. Pero también tenemos más fragmentos fuera de contexto, más interpretaciones interesadas, más prejuicios y más gente dispuesta a opinar sobre aquello que apenas conoce.
Y mucha, demasiada manija. No pretendo defender que los políticos no debamos responder por lo que decimos, ni que los periodistas deban dejar de preguntar lo que consideran pertinente. Todo lo contrario. La libertad de preguntar, responder, opinar y criticar es esencial para una sociedad democrática. Pero esa misma libertad exige algo que estamos perdiendo: la responsabilidad de comprender antes de condenar.
No toda frase es una propuesta. No toda pregunta es una agresión. No toda respuesta es una provocación. No toda discrepancia es un ataque. Y no toda polémica merece convertirse en una batalla.
Quizás bajar la pelota sea simplemente eso: recuperar la capacidad de escuchar, entender el contexto, distinguir los hechos de las interpretaciones y aceptar que no necesitamos estar siempre de un lado o del otro. Porque en este Uruguay donde todo se sabe, corremos el riesgo de terminar en una paradoja formidable: Cada vez nos enteramos de más cosas, pero cada vez entendemos menos. La dejo por acá. Me voy a poner el traje y a maquillarme, porque tengo que ir a una radio.
Rodrigo Blas
Senador de la República










