“No tanto blablablá”, por Danilo Arbilla

Qué puntería la de Umberto Eco! Dijo que las redes sociales “”le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que antes hablaban sólo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Entonces eran rápidamente silenciados, pero ahora tienen el mismo derecho a hablar que un Premio Nobel”.
“Es la invasión de los imbéciles” sentenció, y eso que no previó el caso de Donald Trump, un idiota que llegó a presidente de los EEUU y que terminó enmudecido por decisión de las “plataformas”. Por muy idiota que sea, no deja de ser un caso de censura superlativo.
Mientras tanto aquí la Cancillería recordó a todos sus funcionarios que “tanto en Montevideo como en el exterior”, “deberán abstenerse de realizar declaraciones a la prensa, salvo previa autorización expresa por parte de la superioridad”.
¿Censura? No. Los funcionarios del Estado están limitados en ese plano: militares y policías y directores de entes autónomos no pueden hacer declaraciones ni tener actividad política. Es una contrapartida a la confianza y privilegios que la sociedad otorga a esos funcionarios en los cuales deposita las armas de la nación y los encarga de velar por la seguridad y cuidar la soberanía. A los otros les encomienda manejar poderosas empresas del estado. Los funcionarios no pueden hacer política en sus lugares de trabajo ni los docentes en su tarea educativa. Son funcionarios del estado antes que nada y no del partido político de sus amores. No son “cuadros”, antes financiados vaya a saber por quién, a los que ahora les paga la ciudadanía. Y los diplomáticos tienen como misión ejecutar la política exterior del país, que es la del estado y que establece el gobierno de turno. No es cuestión que cualquiera con título de embajador o lo que sea, salga a decir lo que quiera. Votar a favor de algo, pero decir un discurso en contra, por ejemplo, como a veces ha pasado.
Por supuesto han pasado cosas peores: es sabido que el MPP tenía en Buenos Aires una representante con cargo diplomático. Y así fue durante años, incluso mientras el actual canciller era embajador en la vecina orilla. Hay otros casos no previstos, como el del cual también fue protagonista el ministro Francisco Bustillo cuando era embajador de España y en plena lucha electoral en Argentina, alojó en su casa – la embajada uruguaya- al candidato kirchnerista digitado por Cristina Fernández, el hoy presidente Alberto Fernández. ¿Eso qué fue? Una declaración de amor, casi. ¿Cómo encaja en la ahora recordada norma? Bustillo ciertamente no se cuida: a poco de asumir dijo que fue “realmente un lujo” tener a Mujica como presidente. Puede que haya sido “un lujo” para él, pero más de la mitad de los uruguayos no lo ven así. Mujica, como todos, ha tenido y tiene cosas buenas y cosas malas, pero no parece que manejar la presidencia sea su ventaja comparativa.
Los argentinos también, como Bustillo, piensan que Mujica es un lujo. Lo han condecorado. Pensar que Mujica, dijo que “la vieja (por Cristina) es peor que el tuerto (por Néstor)”. Que era “terca” y contó que le quiso enseñar a tomar mate al Papa como un ejemplo de su desubique.
Es que los presidentes tampoco pueden decir lo que quieran, están limitados, aunque no lo admitan ni lo practiquen. De todas maneras, a Mujica no le fue tan mal como a Jorge Batlle, cuando dijo que eran unos ladrones desde el primero al último.
¿Qué le hubieran dado a Mujica si no hubiera dicho lo que dijo de Cristina?
Las Malvinas, por lo menos