“Parabiagos. Aprender a esperar”, por Rodrigo Blás

Como todo buen gurí uruguayo, mi infancia giró alrededor del fútbol. La pelota contra cualquier pared, los partidos eternos, la imaginación haciendo lo suyo: uno era Maradona, otro Victorino, y al arco Rodolfo. (Si sos de otro cuadro, cambiá nombres… la historia es la misma.)
Y en ese mundo había un sueño claro: unos Adidas de tres tiras, de colores fluorescentes, con tapones intercambiables. Después vinieron los Puma, también inalcanzables. Eran mucho más que un zapato: eran ilusión.
Pero llegaban los cumpleaños, llegaba Navidad… y aparecían los Parabiagos.
Zapatos de fútbol de goma, todos negros, duros, pesados. Lo más lejos posible de aquel sueño. Funsa subsidiada lo hacía posible.
En ese momento, uno se enojaba. No entendía. Pensaba que era falta de voluntad, de cariño, de decisión.
No lo era. Era realidad.
Mis padres no eran ni tacaños ni injustos. Simplemente sabían priorizar. Sabían que había cosas más importantes que un par de zapatos de fútbol. Que había gastos que no se veían, pero que sostenían todo.
Eso, que de niño parecía una frustración, con el tiempo se volvió una enseñanza.
Porque después, la vida te pone en el mismo lugar.Elegir.
Un abrigo en lugar de un juguete. Un libro para la escuela antes que un champion de moda. Cumplir con lo necesario antes de caer en lo deseado. Y, muchas veces, resignar la satisfacción del momento para sostener lo importante.
Miles de decisiones así.Y sin embargo, acá estamos.
El problema es que hoy esa enseñanza casi no existe.
Vivimos en la cultura del todo ya. Del acceso inmediato. Del crédito fácil. De las cuotas que parecen pequeñas, pero que se acumulan y terminan condicionando la vida.
Nos enseñan desde chicos cómo funciona el universo, cómo se reproducen las plantas, cómo se enriquece el uranio. Pero nadie nos enseña algo básico: cómo manejar nuestra propia economía.
Cómo entender un crédito.
Cómo leer un interés.
Cómo valorar el ahorro.
Cómo decir que no.
Y eso tiene consecuencias.
Jóvenes que empiezan a trabajar y ya cargan frustraciones por no poder acceder a todo lo que ven. Familias que viven por encima de sus posibilidades, sostenidas por cuotas. Jubilados que, con ingresos fijos, acceden a créditos que después les quitan margen para vivir. Trabajadores que van a trabajar sabiendo que lo deben todo y que a fin de mes nada queda para cobrar.Una calesita donde los asientos son la frustración, el enojo, la depresión y el no va más.
Se accede primero.
Se paga después.
Se sufre siempre.
La satisfacción es inmediata… y desaparece ante la próxima promoción.
La consecuencia es prolongada.
Y ahí se instala algo más profundo: la frustración, el cansancio, la sensación de correr siempre de atrás.
No es solo un problema económico.
Es un problema cultural.
Perdimos la noción del tiempo.
Perdimos el valor de esperar.
Perdimos el gusto de llegar.
Por eso la educación financiera no es un lujo. Es una necesidad.
Y tiene que empezar temprano.
En la escuela.
No como algo técnico, sino como una herramienta de vida. Entender qué es un ingreso, qué es un gasto, qué implica endeudarse, qué significa ahorrar.
No para restringir. Para elegir mejor.
Porque la libertad no es poder acceder a todo.
Es saber cuándo sí…y cuándo no.
Los Parabiagos no eran lo que yo quería.
Pero eran lo que había.
Y sobre todo, eran lo que se podía.
Entender eso, a tiempo, no te limita.
Te ordena. Y te hace libre .