Patrimonio subacuático, ciencia y memoria en la Bahía de Maldonado

Este jueves 19 de febrero, la Liga de Fomento y Turismo de Punta del Este será sede de una charla abierta sobre patrimonio cultural subacuático, en el marco del ciclo “Punta al Mar”

Por: Laura Garganta

Este jueves a las 19:30 horas, la sede de la Liga de Fomento y Turismo de Punta del Este abrirá sus puertas a una charla que invita a mirar el mar desde otra perspectiva. En el marco del ciclo “Punta al Mar”, se desarrollará la conferencia Ciencia en Uruguay: Patrimonio subacuático, una instancia abierta al público que propone acercar la investigación científica y el patrimonio cultural sumergido a la comunidad. La actividad contará con la participación de Adriana Careaga, Juan Núñez, Sebastián Tito y Matías Dourteau, investigadores vinculados a distintos proyectos en la Bahía de Maldonado y en la costa uruguaya.
Matías Dourteau, Licenciado en Ciencias Antropológicas y magíster en Arqueología Náutica y Subacuática por la Universidad de Cádiz, es uno de los investigadores que participará de la charla y quien, además, viene desarrollando desde hace años un trabajo sostenido sobre el patrimonio cultural sumergido en la costa uruguaya, con especial foco en la Bahía de Maldonado. Su formación académica y su experiencia en el territorio se articulan, según explica, en una mirada que combina ciencia, memoria y comunidad. Este tipo de instancias abiertas no son accesorias dentro del trabajo científico, sino una responsabilidad central: “Este tipo de charlas son absolutamente fundamentales. La ciencia que se queda puertas adentro y circula solamente entre especialistas termina siendo bastante elitista y muy poco democrática”, afirma. En el caso del patrimonio cultural, esa lógica se vuelve aún más problemática: “El patrimonio no es de los investigadores, sino que le pertenece a la sociedad en su conjunto”.
Al pensar en Maldonado, Dourteau señala que la noción de patrimonio suele asociarse con bienes visibles e incorporados al paisaje cotidiano. “La Torre del Vigía, el Cuartel de Dragones, el Museo Histórico de San Carlos, el Arboretum Lussich, Casapueblo… porque forman parte de la vida diaria y también de la identidad local”. Sin embargo, cuando se trata del patrimonio subacuático, la situación es distinta. “Estamos hablando de bienes que forman parte de esa misma historia, pero que tienen nula o muy poca visibilidad porque están bajo el agua. En la Bahía de Maldonado y en distintos puntos de la costa uruguaya pasa exactamente lo mismo”.
Esa falta de visibilidad, advierte, tiene consecuencias directas. “Si no generamos este tipo de espacios para contar lo que hay debajo del agua, ese patrimonio sumergido queda totalmente fuera del imaginario colectivo. La gente no puede apropiarse de lo que desconoce”. A eso se suma una dimensión ética ligada al financiamiento de la ciencia. “La investigación científica en Uruguay, en términos generales, se financia en gran medida con fondos públicos. Poder mostrarle a la ciudadanía qué se está haciendo con esos recursos es también una forma de retribución”. Y agrega: “Los recursos que se otorgan como director para las investigaciones científicas no vienen del éter, vienen de los bolsillos de todos nosotros. Eso implica investigar, producir conocimiento y que ese conocimiento vuelva a la ciudadanía en forma de memoria, de herramientas para entender mejor nuestro territorio marítimo”.
El formato del encuentro, subraya, también responde a esa lógica de intercambio. “No es un conjunto de eruditos o aristócratas del conocimiento que van a dar cátedra. Tiene su parte de escucha, pero muchas veces surgen relatos locales, memorias familiares vinculadas a lo marítimo y a lo costero, preguntas muy pertinentes e incluso críticas que ayudan a mejorar los proyectos”. Para Dourteau, esa dimensión es central: “Es una instancia de extensión. Ese intercambio es súper valioso porque hace que la investigación no sea algo aislado, sino realmente conectado con la comunidad. Es una forma de democratizar el conocimiento, no como un gesto simbólico, sino como una responsabilidad de la ética científica”.
Al hablar de patrimonio cultural subacuático, Dourteau propone partir de una definición clara. “Tiene muchas acepciones, pero podemos basarnos en lo que establece la convención de la UNESCO sobre la salvaguarda del patrimonio cultural acuático”. En términos generales, se refiere a todos los rastros de existencia humana con valor cultural, histórico o arqueológico que hayan estado bajo el agua, total o parcialmente, durante al menos cien años, junto con su contexto arqueológico y natural.

Primer resguardo y megafauna
En la Bahía de Maldonado, ese concepto adquiere una relevancia particular. “Históricamente fue un abrigo natural para barcos y un espacio estratégico en época colonial. Fue un territorio habitado por comunidades indígenas previas al contacto con sociedades europeas y un punto clave en las dinámicas comerciales y militares del Atlántico Sur”. En ese sentido, destaca que la bahía funcionó como el primer resguardo para las navegaciones que ingresaban desde el Atlántico hacia el Río de la Plata. “Todo ese tipo de actividades dejaron evidencias materiales bajo el agua”.
Pero el patrimonio sumergido de la costa uruguaya no se limita a los naufragios. “Cuando trabajamos en la costa uruguaya, la realidad es todavía más compleja e interesante, porque debajo del agua no solo encontramos evidencias culturales, sino también restos paleontológicos de enorme valor científico”. En la charla, ese aspecto será abordado por Sebastián Tito, quien estudió la presencia de restos de megafauna en la Bahía de Maldonado.
Dourteau explica que durante el último máximo glaciar, hace unos 20.000 años, el nivel del mar se encontraba entre 100 y 120 metros por debajo del actual. “Eso es una brutalidad. Implica que la costa que hoy vemos estaba varios kilómetros más hacia el mar. La isla Gorriti no existía como tal: era parte de una pradera”. En ese contexto, muchos animales vivieron y murieron en territorios que luego quedaron cubiertos por el agua. “Cuando el clima se volvió más cálido y el nivel del mar subió progresivamente, esos paisajes quedaron totalmente sumergidos. Los restos de megafauna que encontramos bajo el mar no están ahí porque los animales fueran marinos, sino porque el mar avanzó sobre los territorios donde habían vivido”.
Para Dourteau, ese conjunto de evidencias convierte al patrimonio sumergido en un archivo extremadamente complejo. “En la Bahía de Maldonado y en la costa uruguaya en general estamos hablando de naufragios, paisajes culturales marítimos diversos, procesos ambientales y restos paleontológicos que, en conjunto, nos cuentan una historia mucho más profunda del territorio. Entender esa complejidad es clave para investigarlo y protegerlo adecuadamente”.

El CIPAC
Desde el Centro de Investigaciones del Patrimonio Costero, el trabajo actual se inscribe en una trayectoria que comenzó a principios de los años 2000. “El CIPAC es la consecuencia y la consolidación de muchísima gente que vino trabajando desde el año 2000 en adelante. Formalmente se consolida en 2009, pero ya existía un programa de arqueología subacuática en la Facultad de Humanidades, dirigido por Antonio Lezama, que venía acumulando experiencias desde mucho antes”. Ese recorrido incluyó trabajos en distintas zonas del país y un fuerte vínculo con comunidades costeras. “Se trabajó mucho con la comunidad de Piriápolis, también en Río Negro y Colonia. Fueron experiencias diversas que fueron consolidando el equipo de trabajo actual”. Hoy, explica, existen líneas bien definidas. Por un lado, investigaciones vinculadas a la antropología social y a la relación entre las personas y el mar; por otro, proyectos de arqueología subacuática orientados a la prospección, el registro y la documentación de sitios de naufragio, especialmente en la Bahía de Maldonado.
Estas investigaciones incorporan tecnologías digitales, como el mapeo tridimensional, sensores remotos y sistemas de información geográfica. “Todo eso nos permite gestionar y visualizar mejor la información arqueológica y también monitorear sitios sumergidos”. A la par, destaca la importancia de la formación y la extensión. “Hacemos cursos, talleres, actividades de divulgación y cursos de buceo científico, con la intención de generar diálogo entre las comunidades costeras y las prácticas académicas”.
Uno de los principales obstáculos para la conservación del patrimonio subacuático en Uruguay sigue siendo, según Dourteau, la falta de un marco legal específico. “El país no cuenta con una ley de patrimonio cultural subacuático. Las leyes reflejan lo que una sociedad valora, y la ausencia de una normativa clara es una evidencia del poco interés que hemos tenido históricamente sobre este tema”. Si bien se modificó la ley existente vinculada a embarcaciones hundidas en la década de 1970, responde a una lógica administrativa y de navegación, no arqueológica. “Esa ley permitió durante años otorgar permisos de búsqueda y extracción de naufragios históricos bajo una lógica comercial, priorizando la recuperación de objetos por sobre el estudio científico”. El problema, subraya, es que “cuando se extrae un objeto sin un registro adecuado, lo que se hace es destruir información irremplazable”. Recién en 2006 un decreto presidencial reconoció a los naufragios históricos como sitios arqueológicos sumergidos y admitió explícitamente la falta de un marco normativo específico. Hoy, el desafío es avanzar hacia una legislación que aborde el patrimonio subacuático desde una perspectiva científica, cultural y de interés público. “El verdadero valor de estos sitios no es económico, es histórico y cultural. A nadie se le ocurriría vender la Torre del Vigía, pero cuando hablamos de naufragios aparece enseguida la imagen del tesoro”.

Bajo el agua
Dourteau también cuestiona la idea de que Uruguay “vive de espaldas al mar”. “No adhiero prácticamente en nada. Hay una apropiación muy fuerte: la gente camina por la rambla, va a la costa, pesca, hace surf, disfruta del mar”. El problema, aclara, es que el patrimonio cultural subacuático no forma parte de esa experiencia visible. “Como no lo vemos, es lógico que genere menos conciencia inmediata”. Las preguntas que surgen —por qué no se extraen los barcos, por qué no se exhiben los objetos— son, para él, totalmente válidas. “Conservar no siempre significa extraer. Muchas veces la mejor forma de preservar un sitio es dejarlo donde está, bajo el agua, porque el ambiente subacuático puede ser más estable que el aire”. Determinarlo requiere estudios prolongados y evaluaciones técnicas, científicas y presupuestarias. “Cuando se extrae un objeto empieza un proceso muy delicado y costoso. Sin la infraestructura adecuada, eso asegura prácticamente su destrucción”.
En ese punto, Dourteau plantea una autocrítica. “Muchas veces los investigadores no logramos explicar bien estas cosas. Usamos un lenguaje técnico que genera distancia. La conciencia social también es responsabilidad nuestra”. Comunicar, sostiene, no implica perder rigor. “La ciencia no pierde seriedad cuando se comunica bien, al contrario, gana legitimidad”.
De cara a la charla del jueves, sus expectativas son simples. “Con que la gente pase un grato momento y no sienta que fue una pérdida de tiempo, yo ya me voy contento”. Pero si después alguien se queda mirando el mar y se pregunta qué pasó ahí abajo hace doscientos años, o cómo era ese paisaje hace miles de años, siente que el objetivo está cumplido. “Me gustaría que se valore lo que hay detrás de estos proyectos, el esfuerzo humano que implican. Investigar y conservar no es solamente tirarse al agua. Es un trabajo agotador, físico y mental, pero profundamente valioso”.