Hoy, en el 213 aniversario del peor desastre marítimo en la historia del Río de la Plata, se recuerda del naufragio del buque español San Salvador, ocurrido exactamente el 31 de agosto de 1812 en la bahía de Maldonado a unos doscientos metros de la costa. Enfrente adonde hoy está el parador I’Marangatú se encuentra el pecio del navío transformado en la tumba de medio millar de militares y marinos españoles.El 31 de agosto de 1812 cayó lunes. El buque fue víctima de errores de su capitán y del impacto del temporal de Santa Rosa.
Basado en el exhaustivo trabajo de investigación de 2019 del historiador Eduardo Keldjian para la Universidad de Cádiz, esta nota rescata la crónica única de Antonio Acosta y Lara, el piloto de vigía que sobrevivió al horror y documentó los hechos con precisión desgarradora.
El San Salvador, una fragata armada que transportaba tropas, armamento y valiosas mercancías desde Cádiz hacia el Virreinato del Río de la Plata, se hundió a la altura de la parada 7 de la rambla Claudio Williman, en plena bahía de Maldonado. Según Keldjian, este suceso no solo marcó la mayor tragedia naval de la región, con cientos de vidas perdidas, sino que también reveló las tensiones de la era independentista, con un buque cargado de pertrechos para las fuerzas realistas.
El Testigo clave: Antonio Acosta y Lara
Nacido en Sevilla el 14 de noviembre de 1783, Acosta y Lara era un marino experimentado. Alumno del Real Colegio de San Telmo, se habilitó como “pilotín de número” en 1802 y sobrevivió al naufragio de la fragata Asunción en 1805, en el Banco Inglés. Designado piloto de la vigía de Maldonado en 1806, ascendió a capitán del puerto de Montevideo en 1829, cargo que ocupó hasta 1853. Falleció en Entre Ríos, Argentina, en 1869. Como capitán interino del puerto de Maldonado en 1812, Acosta y Lara fue el principal testigo. Al día siguiente del desastre, escribió una detallada crónica al Comandante General del Apostadero de Marina en Montevideo, Miguel de la Sierra. Este documento, publicado en la Gazeta de Montevideo en setiembre de 1812 y reproducido en periódicos de Cádiz, ha sido la fuente primordial para todas las investigaciones posteriores, incluyendo la de Keldjian.
La Crónica del Desastre
El 29 de agosto, el gobernador de Maldonado ordenó a Acosta y Lara embarcar en una fragata fondeada frente a la playa San Rafael, al este de Punta del Este. Sospechaba que era el San Salvador, y las maniobras erráticas sugerían la necesidad de un práctico. Sin embargo, el comandante de las tropas a bordo no pretendía entrar al puerto ni dirigirse a Montevideo; buscaba permanecer en la boca del río por “muchas razones” no explicitadas, posiblemente relacionadas con estrategias militares en plena Guerra de Independencia. El relato de Acosta y Lara describe un viaje fatídico. El primer tramo, desde un punto al sureste de Punta del Este hasta al sur de Punta Ballena, tomó toda la jornada con vientos adversos. La tripulación, de 75 a 90 hombres, era “poca gente de mar y mal distribuida”, demorando maniobras interminables.
Fondearon al atardecer, pero al amanecer del 31, con niebla densa, descubrieron que habían garreado 7-8 millas al norte. Intentaron regresar a tierra en bote, pero la niebla lo impidió. A las 14 horas, un viento sur creciente impulsó la decisión de dirigirse a Maldonado.
Discrepancias entre Acosta y Lara y el piloto Martín Pascual
El primero sugería acercarse a Isla Gorriti; el segundo, evitar una punta rocosa. Navegando “entre dos luces”, tocaron fondo por primera vez, zafaron y fondearon, pero expuestos al sur. Pronto, con viento virando al suroeste e intensificándose, vararon por popa. El barco se tumbó; cortaron masteleros y palos mayores, pero empeoró. De cinco botes, solo una lancha pequeña quedó disponible: otros se destrozaron o hundieron. Las bodegas inundadas impedían acceso a cabos. En la noche, tres cañonazos alertaron a Maldonado, respondidos con fogones en la costa. Al amanecer del 1 de setiembre, la lancha salvó a algunos, incluyendo Acosta y Lara, quien vio la “obra muerta” del buque flotando.
Keldjian ilustra el recorrido con croquis sobre imágenes satelitales, destacando isobatas y puntos de varadura basados en cartas de 1803.
Rescates Inmediatos y Posteriores
Documentos del Archivo General de la Marina Española revelan que, días después, lanchas de Montevideo recuperaron efectos: para el rey, 9 culebrinas de bronce, 29 fusiles, 324 sables; para particulares, cañones, planchas de hierro, alambre. El comandante José de Obregón reportó más: 12 fusiles, bayonetas, vestuarios. Hasta el 25 de setiembre, buceos continuaron, según notas de la Colección Artigas. A fines del siglo XIX, en 1891, el buzo Julio Colombí exploró la bahía y extrajo un perno de cobre de 32 kg, cañones de bronce y objetos valiosos de un “antiguo navío de guerra español” con tesoros del Pacífico –probablemente el San Salvador–. En 1892, reanudaron trabajos, rescatando cobre, balas de cañón oxidadas y pertrechos, según periódicos como Montevideo Noticioso y El Conciliador. Empresas como Lussich Hnos. y Pascual y Cía. impulsaron estos salvatajes con escafandras.
Buceadores locales del siglo XX conocían el pecio, pero no reportan rescates específicos. En 1893, Antonio Rebolledo halló 715 sepulturas semicirculares con cráneos y mandíbulas cerca de La Pastora, atribuidas a la tripulación del San Salvador por el historiador Carlos Seijo.
Legado y Reflexiones
El trabajo de Keldjian, consultando archivos españoles y uruguayos, desentierra esta tragedia como emblema de la inestabilidad naval decimonónica. En una era de independencia, el San Salvador simboliza pérdidas humanas y materiales en aguas traicioneras. Hoy, en Maldonado, restos invisibles yacen bajo el mar, recordando a sobrevivientes como Acosta y Lara, cuya crónica inmortaliza el horror. Esta historia invita a reflexionar sobre el patrimonio subacuático: ¿deberían retomarse las exploraciones? ¿No llegó la hora de declarar al pecio como una tumba en homenaje a esos españoles fallecidos lejos de su patria?











