El herrerismo no es una pieza de museo. No es nostalgia. No es repetir consignas de otro tiempo. Es, y debe ser, una forma de pararse frente al país.
En un Uruguay donde muchas veces el debate político se congela entre un Estado que asfixia y un mercado que excluye, el herrerismo tiene mucho para hacer y para decir. Pero no desde la comodidad de lo conocido, sino desde la incomodidad del cambio.
Porque si algo definió al herrerismo en su origen fue precisamente eso: enfrentarse al statu quo, a lo simplemente establecido.
Hoy, ese statu quo no siempre está donde creemos. No es solo el Estado. Tampoco es solo el mercado. Es un sistema que muchas veces se volvió rígido, previsible, incapaz de transformarse. Un sistema lleno de vacas sagradas.
Y el herrerismo, si quiere estar a la altura de su historia, tiene que animarse a cuestionarlas. No desde el enojo, sino desde la convicción.
Ser liberal hoy no es desentenderse de lo social. Es, por el contrario, entender que sin generación de riqueza no hay nada que repartir. Pero también que sin justicia social, esa riqueza no construye país.
Pero, sobre todo, implica algo más profundo: una mirada humanista.
Porque en el centro no están las teorías. Están las personas. Cada decisión económica, cada política pública, cada reforma, termina impactando en la vida concreta de alguien: en su trabajo, en su familia, en su dignidad, en sus oportunidades.
Y perder de vista eso es perder el rumbo.
El desafío no es elegir entre Estado o mercado. Es tener un Estado que no ahogue, pero que tampoco abandone. Un Estado amigo. Un Estado que acompañe, que ordene, que empuje. Un Estado que no sustituya a la sociedad, pero que tampoco la deje sola.
Porque la libertad no es solo la posibilidad de generar. Es también la posibilidad de sostener.
No ser conservador. Ser renovador.
No defender lo que hay porque siempre fue así, sino preguntarse si funciona. Y, si no funciona, cambiarlo.
Eso exige fiscalización real del gasto. Animarse a revisar, medir y, cuando corresponde, despedirse de lo que no funciona. Pararse firme frente a la inercia del gasto no es ajuste: es responsabilidad.
Porque gobernar no es sostener estructuras. Es generar resultados. Resultados que mejoren la vida de la gente.
Y para eso hace falta pragmatismo. El pragmatismo de hacer lo posible, de priorizar y de resolver los problemas de a uno. Sin grandilocuencia, sin atajos discursivos, sin promesas imposibles.
También implica cambiar el eje del debate. Salir de la coyuntura permanente y animarse a discutir lo estructural. Lo que de verdad tranca, lo que condiciona el desarrollo del país.
Escapar, además, de la política del show. De los clicks, de la frase fácil, de la reacción inmediata. Y construir, en cambio, corrientes de pensamiento. Corrientes de entendimiento.
Porque sin comprensión no hay cambio. Y sin cambio, no hay futuro.
El Uruguay necesita crecer. Pero también necesita integrar.
Necesita liberar energías productivas. Pero también dar herramientas para que nadie quede afuera.
No alcanza con ordenar. Hay que impulsar.
No alcanza con administrar. Hay que transformar.
Ese es el herrerismo que vale la pena.
No el que mira para atrás, sino el que se anima a incomodar.
Porque, en definitiva, el verdadero desafío no es defender una tradición.
Es estar a la altura de ella.
Rodrigo Blás
Senador











