
Este domingo se cumplieron 104 años de un incidente registrado entre Punta del Este y la Isla de Lobos. Según cuenta don Carlos Seijo en su obra “Maldonado y su región”, en la fría mañana del 27 de julio de 1921, quince almas partieron desde Maldonado en una ballenera rumbo a la Isla de Lobos. Su misión era clara: realizar la matanza de estos animales, una práctica común en la época para aprovechar sus pieles y grasa. La tripulación, curtida por el mar, no imaginaba que el destino les tenía preparada una prueba de supervivencia que marcaría sus vidas. El cielo estaba despejado al inicio de la travesía, pero el Atlántico, caprichoso como siempre, pronto mostró su rostro más feroz. Un temporal inesperado se desató con furia, impulsado por vientos implacables del sudeste. Las olas, como montañas en movimiento, golpeaban la frágil embarcación, y el viento, rugiendo con violencia, arrancó de las manos de los marineros el control de la ballenera.
La nave, a merced de la tormenta, fue arrastrada mar adentro, lejos de su destino. La tripulación luchaba contra el embate del oleaje, pero la fuerza de la naturaleza era abrumadora. Pronto, la Isla de Lobos se perdió en el horizonte, y con ella, toda esperanza de llegar a tierra firme. El pánico y la incertidumbre se apoderaron de los hombres. Sin comunicación ni medios para orientarse, quedaron a la deriva en un océano que parecía dispuesto a devorarlos. Pasaron horas, luego días, en los que el hambre, el frío y el agotamiento pusieron a prueba su resistencia. Las provisiones escaseaban, y el agua potable se convertía en un lujo inalcanzable.
La espera
En medio de la vastedad del mar, la ballenera era apenas un punto insignificante, zarandeado por las corrientes. Tres días de angustia transcurrieron sin noticias de la tripulación. En Maldonado, las familias aguardaban con el corazón en vilo, temiendo lo peor. Los rumores corrían por el pueblo: ¿habrían naufragado? ¿Estarían vivos? La esperanza se desvanecía con cada hora que pasaba sin señales de los marineros. Pero el destino, tan impredecible como el mar, trajo un milagro. El 30 de julio, el vapor inglés Trident, surcando las aguas del Atlántico, avistó la ballenera a la deriva. Los tripulantes, exhaustos pero vivos, fueron rescatados en alta mar. La tripulación del Trident los llevó a la Isla de Flores, un refugio inesperado donde pudieron recuperar fuerzas. La noticia de su salvación llegó como un bálsamo a Maldonado, donde la comunidad celebró el retorno de los suyos. El capítulo final de esta odisea lo escribió el pesquero R.O.N91, al mando del capitán Elichiribehety, quien trasladó a los sobrevivientes de regreso a su hogar. La travesía, que había comenzado como una rutina más en la vida de estos hombres de mar, se convirtió en una historia de resistencia y solidaridad que resonaría por generaciones en la región. La crónica de aquellos días de 1921, relatada por Carlos Seijo en su libro Maldonado y su región, no solo captura la lucha de quince hombres contra la furia del océano, sino también el espíritu indomable de una comunidad costera que vivía al ritmo de las mareas. La Isla de Lobos, testigo silencioso de esta hazaña, sigue siendo un recordatorio de la fragilidad humana frente a la naturaleza, pero también de la fuerza que surge en los momentos más oscuros.











