De Alvear a Lavalleja: “Cállese usted la boca o lo fusilo en el momento”, por Ricardo Garzón

De este modo culminó el General en Jefe del Ejército Republicano, Carlos María de Alvear, la áspera discusión que mantuvo con Lavalleja inmediatamente después del triunfo aliado en las arenas de Ituzaingó.
Delante de todos los jefes argentinos y orientales que habían acudido a la carpa de campaña a saludarlo por el éxito obtenido, Alvear se dirigió al General Lavalleja y le recriminó con estas palabras: “…si ayer hubiera usted cargado cuando yo se lo mandé, el ala izquierda del enemigo, que estaba en desorden, no se escapa un solo brasileño”.
Prácticamente no había terminado Alvear su reproche, que ya el jefe oriental respondía tajante: “Señor General; yo sé cargar al enemigo sin necesidad de que nadie me lo enseñe”.
Ante la insistencia de Alvear sobre la desobediencia a la orden impartida, Lavalleja precisó: “…yo no soy de los generales que miran al enemigo con el anteojo, y cuando otros estaban sirviendo a Fernando VII, yo ya sabía cargar al enemigo”.
Tocado Alvear en su amor propio, dado que la alusión era directa a su persona, al haber servido precisamente en España contra de los ejércitos de Napoleón I, terminó la discusión amenazando con fusilar a Lavalleja.
El jefe oriental, según el testimonio del Brigadier General Antonio Díaz, “quedó sumido en profundo silencio, circunstancia que fue aprovechada por los otros jefes del ejército republicano para despedirse y retirarse de la tienda de campaña, dejando solos a Lavalleja y Alvear”.

Aviesos y solapados

Decíamos ayer, y en otros tiempos, que las batallas de Las Piedras, Rincón y Sarandí, así como la Jura de la Constitución, no existen en la agenda frenteamplista, paulatinamente olvidadas a lo largo y ancho de la ruta republicana que es esencia del ser nacional.
¡15 años de gobierno para prostituir de un plumazo doscientos años de Historia Patria! Tampoco existe la Batalla de Ituzaingó, que hoy ocupa la cabeza aerocomercial de Enfoques en tiempos de pandemia, también destructiva. A tal punto, que sobreviven apenas unas pocas aerolíneas, igualmente desvencijadas por este mal universal.
En lo que nos atañe, hoy, celebraremos mañana el 194 aniversario de la épica batalla. Para estos alumnos mal aplicados e insurrectos del Foro de San Pablo, y peor intencionados del Grupo de Puebla, estas manifestaciones independentistas constituyen una imbecilidad burguesa.
Aviesos y solapados, el Desembarco de los Treinta y Tres Orientales en la Playa de la Agraciada, para esta ruindad latinoamericana encaminada a incendiar el continente para acabar con el Grupo de Lima y gobiernos neoliberales, constituye una idiotez que solamente le sirvió de inspiración poética a Juan Zorrilla de San Martín.
De pacientes plumazos, reiterados y a sabiendas, el gobierno del Frente Amplio acomodó plumas para ir eliminando con sus mayorías parelamentarias cualquier vestigio de los episodios independentistas que se sucedieron a lo largo de la primera mitad del siglo XIX, y la veintena de movimientos revolucionarios que cimentaron el concepto de patria entre 1842 y primeros años del siglo XX.
El 20 de febrero de 1827 las tropas republicanas argentino-orientales derrotaron al ejército brasileño en Ituzaingó. La victoria puso término a los intentos de conquista del actual territorio nacional por los imperiales, punto final del proceso libertador iniciado por Lavalleja en Sarandí.

Batalla de las desobediencias

De documentos de época se extraen las siguientes anécdotas que enriquecen el proceso de consolidación de la independencia uruguaya, al revelar episodios poco conocidos de la “batalla de las desobediencias”. Según opinión del General Paz, “allí todos mandaron, todos combatieron y todos vencieron, guiados por sus propias inspiraciones”.
Un día antes de la batalla, varios jefes de los cuerpos de caballería de línea, a cuya cabeza estaba el Coronel Lavalle, proponen concretar la sustitución de Alvear como Comandante en Jefe por Juan Antonio Lavalleja.
La decidida intervención de Manuel Oribe y Eugenio Garzón resulta decisiva, y si bien Lavalleja criticaba duramente la conducta del General Alvear, es disuadido finalmente para no ponerse al frente de la desobediencia. El clima en el ejército, desde semanas antes de Ituzaingó, era de intrigas y de desconocimiento de la autoridad suprema, con el agravante del pésimo lugar escogido para librar la batalla, una verdadera ratonera.
Una junta de guerra en la que participaron Garzón, Alegre, Lavalle, Pacheco, Paz y Olavarría, comisiona al primero para que intente disuadir al Comandante en Jefe de ganar las alturas del Paso del Rosario.
Alvear accede a las razones esgrimidas por Garzón y retrocede en horas de la tarde del 19 de febrero para ocupar posiciones estratégicas.
El 20 se libra la batalla, que juzgará severamente el General Paz, al sostener que “el éxito final se debió más a las inspiraciones individuales del momento para sacar provecho de los descuidos del enemigo, que a las disposiciones tácticas de Alvear, que no tuvo ninguna”.
El Coronel Brandzen, viejo soldado de las campañas napoleónicas y de las de Chile y Perú, cayó con honores en la épica jornada junto al Coronel Manuel Besares abatido por una bala de cañón.
Fue sacrificado inútilmente por Alvear, quien en medio del combate le ordenó que cargara con el 1º de Caballería a través de un zanjón profundo, imposible de vadear a caballo. Cuando varios cuadros del ejército imperial habían sido dispersados por la carga de la caballería republicana, el General Alvear ordenó que Lavalleja y otros jefes se incorporasen al tercer cuerpo.
Algunos regimientos lo hicieron con demora, pero las divisiones orientales al mando de Lavalleja, y también las del Coronel Lavalle, recién lo hicieron al día siguiente, cuando el ejército se hallaba acampado en el Paso del Rosario.
La desobediencia, en definitiva, tenía que ser fruto de los recuerdos. Los orientales habían peleado solos en Rincón y Sarandí, e indudablemente querían liquidar para siempre el poder militar del enemigo.

Heroicas milicias de Maldonado y Paysandú

Esas tropas al mando de Lavalleja, así como las heroicas milicias de Maldonado y Paysandú, no eran unidades de línea. Apenas vecinos armados para luchar por su tierra y por los viejos ideales artiguistas: “…eran aquellos a quienes había que dar licencias temporales para que atendieran sus campos y sus chacras, para que sembraran y cosecharan sus trigos”. Cantaba el gallo en lo alto del granero…
Milicias de Maldonado sufrió las mayores pérdidas, cuerpo de primer ataque encargado de detener la primera división enemiga. Allí fue malherido su Jefe, Coronel Leonardo Olivera, no obstante lo cual estos vecinos “primero dispersaron y luego acuchillaron a una fuerza que fue puesta fuera de combate”.
También Servando Gómez y el legendario Anacleto Medina “cargaron una columna fuerte de caballería, la acuchillaron y la obligaron a refugiarse bajo los fuegos”.

Los mejores honores

Pero fue Lavalleja quien se llevó los mejores honores. Luego de dispersar a las tropas del Mariscal Abreu, mortalmente herido en combate, dejó al descubierto el flanco brasileño; paralizó su ala izquierda, quebró su impulso ofensivo e impidió que sumara esfuerzos a la Primera División Imperial.
Mil trescientos hombres perdió el ejército brasileño, y más de trescientos cincuenta las fuerzas republicanas.
Cientos de heridos murieron quemados por las llamas que devoraban los pastos, y muchos, también, fueron despenados por un gran número de peones y chinas que seguían al Ejército.
José Brito del Pino, ayudante de Alvear, cuenta que todo el campo ardía, y que junto a los caídos se veían igualmente caballos que se dejaban quemar, porque no tenían el instinto suficiente para huir, sin otro recurso que corcovear hasta que el fuego los sofocaba.